Ante todo criminal, ficción contra realidad

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Ante todo criminal es la nueva novela de Juan Aparicio Belmonte, autor por el que quien escribe siente cierta debilidad y fidelidad por diversos motivos. Uno de ellos es el estilo narrativo y novelado que Aparicio Belmonte ha sabido construir, un suculento mestizaje entre la novela negra y el humor —casi siempre— que da como resultado un verbo paródico, ideal para sacar a la palestra personajes y situaciones de otra forma inverosímiles. Eso y el humor negro que no pocas veces pulula por sus manuscritos. Con su anterior novela, Un amigo en la ciudad, también publicada por Siruela (y mi preferida), sin embargo, se desmarcó del trasfondo de parodia de novela negra, atrezzo que recupera en Ante todo criminal, al igual que hace con personajes de sus otras novelas como la comisaria Sarita Lagos.

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Ante todo criminal divierte, mucho, como no podía ser de otra manera para la pluma y el guión que cohabitan en la mente creativa de Aparicio Belmonte. En esta ocasión, un escritor narcotraficante, del que la comisaria Lagos sospecha que puede haber cometido uno de los crímenes que aparecen en sus novelas —el asesinato de un rico empresario que se propuso la misión de recuperar la historia republicana del Real Madrid (del Madrid, mejor dicho)—, deberá hacer frente no solo al (pos)modernismo conductual de sus clientes y el resto de la sociedad, sino también al acoso de las relaciones personales y laborales, y a los problemas derivados de ellas. 

Y entre capítulo y capítulo de Ante todo criminal, se cuelan extractos de la propia novela del protagonista, que parecen cobrar vida propia. Aquí, la ficción pretende superar a la realidad. No es algo nuevo en el cosmos de Aparicio Belmonte, que ya hizo lo propio, si bien elevado a la enésima potencia, en El disparatado círculo de los pájaros borrachos y, también, aunque como un simple retazo en Un amigo en la ciudad. Si bien es algo que le ha caracterizado, responder a la ficción con más ficción, hasta el punto de llegar a confundir al lector (al menos intentarlo), personalmente es un aspecto que no me hubiera gustado ver repetido en Ante todo criminal, principalmente porque ya me lo sé y no me sorprende.

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Continua, también, Juan Aparicio Belmonte, con el profundo embellecimiento de su prosa. No estamos hablando ya de metáforas sensibles o de ingeniosas alegorías («Fue a peor, claro, porque el psicoanálisis es el gran mito del siglo pasado. Y mito y timo se parecen»), sino de pensar las palabras —su orden, su elección, su disparo— para provocar una reflexión honda, como solo los mejores literatos saben hacer. En este sentido, es verdaderamente asombrosa y acertada la reflexión que el protagonista y otro de los personajes realizan en torno a al idea de que la ficción literaria o cinematográfica (o la escritura de la prensa o los abogados) influye en la realidad y no al revés; que las novelas y los relatos, la narrativa, poseen un poder, de algún modo metafísico, sobrenatural si se quiere, para desatar acontecimientos en nuestra no ficción, también llamada realidad:

Tengo la convicción, extravagante si quieres, de que los relatos que escriben novelistas y guionistas, pero también nosotros, abogados, jueces, fiscales o, qué sé yo, gabinetes de prensa, influyeron en la construcción del mundo, pero no desde una perspectiva ideológica, que también, claro, sino desde su pura incidencia mágica en la vida, por así decir, como si a Dios lo conformaran los relatores del mundo, esos individuos que pegados a un ordenador o a un bolígrafo inventan la realidad sobre la misma realidad…

Disquisición, esta, absolutamente genial, dentro de una novela en la que Juan Aparicio Belmonte destila con ahínco su narrativa. La lástima, como comentaba más arriba, es que, pese a ser una de sus virtudes haber creado un estilo propio (en absoluto una cuestión baladí), este ya no sorprende tanto como cuando uno, por ejemplo, leyó Mala suerte. La repetición de personajes y de escenarios, entre otras cosas, provocan que la experiencia sea bastante previsible.

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