Blade Runner 2049: y qué digo para que no me crucifiquen

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Pues eso: qué decir de Blade Runner 2049, la secuela de toda una obra maestra que Denis Villeneuve asumió la enorme responsabilidad de dirigir. Qué decir porque hay personas devotas de la pieza maestra de Ridley Scott, devoción rayana con el fetichismo; no sin motivo, todo sea dicho. Y para ellas, de entrada, como me dijo un amigo anteayer mismo, Blade Runner debería haberse quedado en Blade Runner, en una sola película, sin secuelas de por medio. Tal vez tenga razón…, del mismo modo que, a la inversa, pienso que Freddy Krueger no sería un icono del terror si no hubiera protagonizado casi una decena de cintas.

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Pero Blade Runner 2049 está ahí, y hay que valorarla, olvidándose, aunque cueste, de su predecesora. En este sentido, ¿es Blade Runner 2049 una buena película? Sí, no solo buena, es una película notable, aunque dentro de la filmografía de Villeneuve no se sitúa en los tres primeros puestos, ocupados por (según mi criterio), Incendies, La llegada y Prisioneros. Como decía, el quebequés aceptó una gran responsabilidad al aceptar dirigir la secuela bajo la producción de Scott, y se nota la lucha entre su deseo de mantenerse fiel a su estilo y contentar a los adoradores de la primera entrega.

Así, en Blade Runner 2049 hay que hacerse a la idea de una fotografía expandida, que quiere abarcar más allá de lo que es capaz de percibir el ojo humano, y de un uso del color cercano a la parafilia según qué imágenes y escenarios: la llegada de K a Las Vegas directamente rompe la cuarta pared sin necesidad de ninguna acción o palabra y te sumerge en el paisaje. Lo mismo sucede con escenas conscientemente alargadas, mirada de voyeur impasible en las que no importa si se habla o siquiera si algo se mueve.

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La dirección de Villeneuve, y esto va a desagradar en extremo a los devotos de la primera entrega, ha producido también que en Blade Runner 2049 se haya esfumado la atmósfera cyberpunk-noir que tan soberbia se mostraba en la cinta protagonizada por Rick Deckard. La distópica Los Ángeles sigue ahí, y su publicidad virtual, más invasiva que nunca, y sus calles superpobladas, y la presencia constante de lo oriental (que tanto obsesionaba a Phillip K. Dick), pero más que decadencia humana se percibe un posapocalipsis corporativo; y ahí están las redadas y los ataques en grupo para verificarlo.

No obstante, los legionarios de Blade Runner pueden estar tranquilos en un aspecto: la estructura de la primera parte se mantiene intacta. Así, un blade runner va a buscar a unos replicantes que se han escapado, y descubre algo, y ese algo le lleva a otro algo… De hecho, Villeneuve ha utilizado prácticamente los mismos arquetipos en Blade Runner 2049 que en Blade Runner, con ligeras variaciones en carácter o expresividad.

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Lo que no terminó por convencerme del todo fue Ryan Gosling. Si bien le considero un actor como la copa de un pino, en Blade Runner 2049 no termina por dominar la pantalla, y ante la sutileza demandada por el papel, decide optar por registros ya vistos en su cuerpo y su rostro: los que ejerció de manera prácticamente calcada en Drive y Only God Forgives de Nicolas Winding Refn. Por otro lado, la aparición de Harrison Ford no solo es un guiño al universo de Blade Runner, es decir no se ha hecho simplemente para contentar, sino que debe estar ahí. Y ver de nuevo a Deckard, aunque con unos años más, reflexionar sobre lo que ha pasado en esos treinta años, no tiene precio.

Con todo (o sin ello), la historia, lo que se cuenta sobre la mitología de Blade Runner en Blade Runner 2049 será del agrado orgásmico de sus seguidores, aunque puedan pensar, tal vez no sin razón, de que le sobran por lo menos veinte minutos y de que es algo previsible.

Eso sí, escuchen la edición de sonido y después nos tomamos algo para debatir sobre ello, porque da para otro texto.

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