Cartas de un hombre muerto: genio soviet

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Hoy, el miedo a una catástrofe biológica, simbolizada conspicuamente por el zombi posromero (hijo bastardo de un virus cultivado en secreto por ejército y gobierno), es una de las amenazas que más teme la humanidad. Una amenaza que, si bien en la pequeña o gran pantalla —o en el videojuego o en el cómic— adquiere la forma estilizada y lírica del mito, nace de una realidad incuestionable, de la que la pandemia de gripe A de hace unos años es un buen ejemplo.

Sin embargo, desde mediados de los años setenta hasta principios de los noventa del siglo XX, el mayor miedo de la humanidad era que se produjese una guerra o desastre nuclear, como muchos recordarán. Hay están, si no, un buen puñado de películas que atestiguan lo que acabo de decir: 2024: Apocalipsis nuclear, Akira, Terminator II, la saga Mad Max o El día después. Es cierto que aún hoy en día se siguen rodando películas donde la destrucción nuclear es la protagonista, pero esa fue su época dorada, dado que un enfrentamiento bélico nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética era muy posible. La película de ayer, Cartas de un hombre muerto, es quizá la más bella y aterradora denuncia de ese miedo que se haya hecho en el cine.

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Uno de los mayores logros cinematográficos de factura soviética, la desgarradora y misteriosa Cartas de un hombre muerto (1986), dirigida por Konstantin Lopushansky, es una película directa, sin pretensiones filosóficas ni recursos metafóricos: aquí todo se dice a las claras. El mundo se ha ido al traste por culpa de las armas nucleares y la gente vive encerrada en sótanos, casas y edificios aislados, huyendo, como pueden, de la radiación. El protagonista de Cartas de un hombre muerto, un físico ganador del premio Nobel (que se siente culpable por pensar que podría haber evitado el desastre) escribe constantemente cartas a su hijo Erik, fallecido durante la tragedia. A lo largo de las cartas, el físico expone a su hijo su incredulidad real y moral de que la vida humana esté llegando a su fin. Junto a él conviven otros científicos, niños y otro tipo de personajes sociales, quienes, para salir a la calle y trasladarse de un lugar a otro tienen que enfundarse en un traje y máscara protectoras, trasfondo humano de Cartas de un hombre muerto.

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Cartas de un hombre muerto es una película que no oculta sus intenciones: ser una feroz crítica política y ecológica, con un mensaje verosímil (alejado del ñoñerismo facilón de Hollywood) donde se denuncia igualmente a una burocracia opresiva e inhumana como al riesgo evitable al que la clase política mundial exponía a los habitantes del planeta con su actitud pendenciera y poco conciliadora, tanto los estadounidenses como los soviéticos. Esto marca una diferencia importante frente a otras películas del mismo género, como, por ejemplo, El día después, en las que directamente se hace culpable del desastre a uno de los bloques en los que en esa época (la Guerra Fría) se dividía el planeta geopolíticamente. Un mensaje que queda patente en una de las cartas del profesor, una de esas Cartas de un hombre muerto:

Las ambiciones políticas adquirieron un carácter de ambición paranoica… El arte se hizo por completo antihumano y en vez de educar, embriagaba, favoreciendo los gustos más viles. O sea, decayó bruscamente el sentido de la responsabilidad, quizá el principal sentimiento que distingue al hombre del animal, y de Dios.

Y todo este discurso audiovisual de Cartas de un hombre muerto se hace desde un blanco y negro con un filtro amarillo mostaza o azul escamoso que hace, incluso, que podamos palpar la radioactividad, sentir el apocalipsis; algo a lo que contribuye, sin ninguna duda, una sordidez explicativa que abusa de planos crudos y oníricos. Así, hasta llegar a la reflexión final, que reivindica la responsabilidad y el diálogo como formas ineludibles de alcanzar la paz y el bienestar común.

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