Cero en Historia: sí, pero no…

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Por desgracia, debido al trabajo y a que un medio como la televisión es desaprovechado para lanzar programas interesantes (obviamos las series, que las entenderemos aparte), le dedico menos atención de la que debiera. Aprovecho para lanzar una soflama que tenía atragantada desde hace tiempo: odio a la gente que dice «No veo la televisión» como si de esta manera se creyeran más inteligentes o cultos; por descontado, los yonquis de Gran Hermano, Máster Chef o demás mierda a lo Telecinco, también me producen bastante urticaria.

La televisión es un medio de la cultura audiovisual como otro cualquiera, una herramienta que puede utilizarse para lo mejor y para lo peor, igual que el cine, la música o los videojuegos. Prueba de ello son los excelentes documentales y series que pueden encontrarse en la parrilla televisiva, aunque claro, si cuentas con televisión de pago y no solo el TDT, esto resulta más sencillo. Dicho lo cual, paso a realizar una somera crítica al nuevo programa de Joaquín Reyes en #0 de Movistar +: Cero en Historia

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Como a muchas personas, la llegada de Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla y compañía a la televisión, primero con La Hora Chanate y luego con Muchacha Nui y siguientes, me ha parecido lo único verdaderamente relevante de la televisión española en cuanto a humor en los últimos veinte o treinta años. Libres ya de la sombra de Arévalo o Bertín Osborne, que aunque disfrutan de Prime Time han visto las garras de su influencia alejadas de las nuevas generaciones, un grueso cualitativamente importante de los televidentes españoles recibió con mucho entusiasmo el humor surrealista de los de Albacete y cia. Cierto es que luego algunos se mezclaron con lo bobo y consabido de series como La que se avecina, pero al menos se plantó la semilla.

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Las intenciones de Cero en Historia son loables: pedagogía mezclada con el hilarante humor y verbo habitual de Joaquín Reyes. Y su formato es sencillo: hacer un repaso a distintos hechos, curiosidades y anécdotas históricas en forma de concurso, aliñadas con el humor de Joaquín Reyes y las ocurrencias de los invitados/concursantes. Así, por ejemplo, se exponen ante los concursantes dos hechos históricos, y se les pregunta cuál creen que es verdadero y por qué. La situación da lugar para mucho, sobre todo cuando los creadores del programa presumen de que no hay guionistas que pauten la espontaneidad.

Además, se cuenta con un invitado especial (Santi Millán, Elvira Lindo o Santiago Segura han sido algunos de los primeros) que hace las veces de juez, y decide a quién dar puntos en un concurso cuyo característica principal es que carece de toda la parafernalia de los concursos televisivos: no hay un sistema de puntuación determinado, no hay marcadores, no hay asientos especiales… Esto añade más atractivo a Cero en Historia, especialmente porque hace aún más espontánea la intervención de los participantes. A grandes rasgos, Cero en historia es un no-concurso.

El televidente se reirá, pero también aprenderá historia, aunque sea solo en forma de anécdota a recordar. Y esta es una de las mejores bazas de Cero en Historia en lo pedagógico: demostrar que la historia puede ser divertida, o una excusa para divertirse. Luego están los problemas: los concursantes no lo son en realidad. Siempre son los mismos. Cuatro humoristas; a saber: J.J. Vaquero, Sara Escudero, Raúl Cimas y Susana Abril. Me atrevo a decir que el único que aporta algo especial es Raúl Cimas. ¿A quién se le ha ocurrido que Susana Abril es graciosa?

Me resulta muy evidente que el programa habría resultado mucho más atractivo si los concursantes lo hubieran sido de verdad, al estilo de Smonka!, acompañados por Joaquin Reyes y el invitado, y sus respectivos comentarios. Quizás la inclusión de los falsos concursantes se podría haber hecho de manera que estos (Vaquero, Escudero, Cimas, ¡pero no Abril, por favor!) aparecieran para realizar las preguntas. Pero tal y como se ha concebido el programa no le auguro mucho futuro. Cero en Historia es Joaquín Reyes, quien mantiene a flote un espacio que, pese a su excelente presentación, visuales y plató, transmite frío y silencios incómodos más de lo que quisiera.

 

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