Confessions: Japón en vena

Internet es, sin duda, uno de los mayores hitos en la historia de la tecnología humana; sobran los motivos (y no me voy a parar aquí a exponerlos detenidamente), pero mi preferido es poder conocer de la existencia de películas como la que tuve el más hedonista gusto (valga el exceso de significantes para ello) de ver ayer: Confessions (2010) de Tetsuya Nakashima, director, por otro lado, totalmente desconocido para mí, que representó a Japón en la entrega de los Óscar de 2011.

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Así, rastreando el archivo de Filmaffinity sobre thriller psicológico, me topé con la creación del nipón, a la que se otorgaba la merecida puntuación de 7, 1. Confessions, adaptacion de la novela homónima de Kanae Minato (vamos a ser sinceros y no caer en una pedantería arrogante: no había oído en toda mi vida nada acerca de este autor), es catalogada también de thriller a secas, o de drama o drama psicológico. Pero que no os confunda la palabra drama, la cinta tiene tanto que ver con estereotipos tipo Kramer contra Kramer como con la tomatina de Buñol: aquí el drama, aunque social, es particularmente espeluznante y desolador.

El punto de partida de Confessions es tan simple como el de una profesora de secundaria (no muy valorada por sus alumnos) despidiéndose en su último día al frente de sus pupilos; simpleza que no impide el tinte desgarrador, pues la hija de la profesora (de tan solo cinco años), según cuenta ella misma, fue asesinada por dos alumnos de la clase, a los que la maestra se refiere como alumno A y alumno B, y tiene su venganza en marcha… ¿Qué se le ha ocurrido? Pues nada más y nada menos que introducir en la leche que acaban de tomar un poco de sangre de su difunto marido, enfermo de SIDA. Y lo confiesa: Confessions.

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A partir de aquí, el nudo argumental de Confessions se va desarrollando como si contempláramos el germinar de una flor a cámara rápida, con una belleza y una estructura dignas de la mejor ingeniería estética audiovisual. Crees que lo sabes todo, pero no es así, e intentar adivinar de qué manera va acabar toda la maraña de motivaciones, emociones y frustraciones de los protagonistas es una tarea tan sumamente ardua como predecir la escena final de Dead or Alive de Takashi Miike. Se trata de una historia coral, una vidriera que resume el existir de todos los implicados en la trama, de los buenos y de los malos… para servirnos en bandeja las distintas versiones que pueda tener la verdad, según nos la confiese la víctima o el verdugo.

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Pero no solo el guion de Confessions es magnífico, sino también la puesta en escena, hipnótica, adictiva y musical; tanto que en ocasiones nos parecerá que estemos observando alguno de los mejores vídeos musicales que se han hecho nunca. La fotografía es, a veces, inquietante y estupefaciente, otras, por contra, lacrimógena y sensible. Las imágenes de algunas escenas de Confessions son detalladamente macabras y perturbadoras, sin llegar a lo puramente desagradable: tan solo con unas salpicaduras de sangre logran tu estremecimiento espiritual.

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A grandes rasgos, Confessions es como si Spike Jonze, Jim Jarmusch, Quentin Tarantino y David Fincher se hubieran puesto de acuerdo en hacer una película sobre la sociedad japonesa: la repugnancia y la preciosidad caminan juntas de la mano en un día nublado donde a veces el sol se atreve a intercalar unos rayos de luz.

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Los temas que trata  Confessions son múltiples en cuanto a naturaleza y significado: la inocencia perdida, la venganza, la maldad, la familia moderna desestructurada, la alocada llegada a la pubertad, la marginación, el SIDA, la educación, la legislación sobre menores… pero sobre todos ellos reina uno de manera constante, cuya presencia es mastodóntica: la salvaje competitividad que impera en la sociedad japonesa, fruto de un capitalismo extremo donde el individuo se convierte en cualquier cosa mientras ello le granjee algún tipo de reconocimiento social. Solo una sociedad como la japonesa, tan atractiva como extravagante —donde puedes comprar bragas usadas en máquinas expendedoras o cómics pedófilos en los quioscos (aunque en el cine porno no se puedan ver los genitales), pero que por su naturaleza exótica actúa a modo de afrodisíaco cultural en buena parte de los ciudadanos occidentales— podría ser la inspiración para una película como Confessions.

No me queda nada más que transmitiros mi deseo de que la disfrutéis y mi complacencia de vivir en Madrid y no en Tokyo, pues de lo contrario creo que viviría de noche jugando a la videoconsola a oscuras en mi habitación, sin tener ningún entusiasmo por lo que sucede afuera.

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