Desearás la ficción por encima de todas las cosas

El presidente de la nación se levanta de su gran asiento, se acerca hasta su consejero o ministro y le dice: «No le puedo hacer eso a mis ciudadanos». Un amigo intercede entre una pareja de dos buenos amigos que se ha roto, consciente de que su amor es verdadero, para que vuelvan a estar juntos; o en el último momento de la boda, la novia salta del altar para marcharse con su verdadero amor, que ha interrumpido el evento porque se lo pedía su corazón. Un niño necesita urgentemente un trasplante de médula, si no, morirá, y un millonario buen samaritano regala el dinero a su familia. Bonito, ¿verdad? Todos ejemplos que abundan en la ficción, ya sea cinematográfica, literaria, musical o, incluso, publicitaria. Pero rediós, cómo sabemos todos que eso, o no pasa o pasa muy pocas veces en la realidad; una especie de lotería existencial vaya, que recae en unos cuantos agraciados mientras los demás nos comemos los mocos y las lágrimas o la represión del presidente y su gobierno.

¿Es pura imaginación de guionistas, escritores, publicistas y músicos o se basan en vivencias personales o de desconocidos? Porque la verdad es que al presidente le importas un rábano, que ningún amigo sobrepasará el límite del individualismo capitalista (el malo, porque hay tipos de individualismo buenos) para reunir a una pareja ni aparecerá un tipo de Wall Street para salvar a un pequeño, porque prefiere gastarse su dinero en putas de lujo y droga sin cortar. Así, la ficción es paradójica respecto a las vivencias y experiencias de las personas, y lejos de querer que nuestra vida diaria se parezca a la de los personajes de nuestra película, serie, libro o canción favorita luchamos cada día por seguir haciendo del mundo un lugar corrupto, cínico, hipócrita y poblado de vericuetos y de ripios, aceptando la realidad como inamovible y mentando a no sé qué destino que viene a ser lo mismo que Dios («Si ha sido así es porque tenía que ser así» y otras polleces similares) u otros tantos expedientes equis.

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Nuestra ineptitud no viene solo de renunciar a la posibilidad del cambio, sino de no hacer uso de nuestra característica capacidad cognitiva (otros primates la tienen pero no tan desarrollada) de previsión de futuro. Es un aspecto de la condición humana que siempre me ha exasperado: que nadie se pare por un momento a pensar en las consecuencias de una decisión que está tomando, y que solo lo haga cuando ya cree que o directamente es demasiado tarde. Es lo que le ocurrió a una amiga de la madre de un amigo de un vecino: la mujer, a sus cincuenta años, con tres hijos y veinticinco años de matrimonio, se divorció, y en lo único que podía pensar era en el novio que había dejado para casarse con el hombre del que ahora se estaba divorciando, porque su exmarido le ofrecía en el momento más perspectivas de futuro: «Cuánto me acuerdo de él», decía con una pena profunda, más impactante por lo que tenía de irremediable. Y así abundan los ejemplos en lo personal y en lo público, en lo privado y en lo político.

Al final, como en otras tantas ocasiones, quienes convierten nuestra malhadada realidad en una tierna y conmovedora ficción son quienes menos deberían hacerlo —por eso de que no son de nuestra especie y no pueden hablar y tal—: perros, gatos, ratas, loros, conejos… Otros animales que nos dan lo que la realidad humana y los seres humanos nos niegan con terco egotismo: esperanza e ilusión.

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