Detroit o el día que Kathryn Bigelow gritó «No soy facha»

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Con Detroit, Kathryn Bigelow parece haber querido quitarse de encima su sambenito de yanqui jingoísta. Ya era seguidor de la californiana, no muy flemático, antes de sus películas más polémicas (En tierra hostil y La noche más oscura), en tanto en cuanto caben interpretarse como una propaganda de las torturas de la CIA y del imperialismo estadounidense. Así, Le llaman Bodhi fue una de mis películas de niñez, y Los viajeros de la noche me parece una de las mejores películas de vampiros de los ochenta.

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Como resultará obvio, la ideología de Bigelow no entra en conflicto (o no debería de hacerlo) con sus habilidades artísticas, que son muchas; además, es bastante hipócrita criticarla por las películas antes mencionadas y no hacer lo mismo con Clint Eastwood, que ahí ha dejado unos buenos panfletos de patriotismo yanqui, cuyo clímax es El francotirador.

Decía que con Detroit, Bigelow parece haber querido deshacerse de tal sambenito. Porque lo que nos cuenta Detroit es uno de los casos más salvajes de racismo que han sucedido en Estados Unidos, y no le tiembla el ojo para denunciarlo con toda su crudeza. La directora nos traslada a los disturbios de Detroit de 1967 (también conocido como el disturbio de la calle 12), enmarcados en ese hito para la lucha afroamericana como es el Largo y Cálido Verano de 1967. Pero no son los disturbios en sí los que son el centro de su narración, sino el escalofriante caso del motel Algiers (el asesinato, podríamos decir ya sin ningún género de dudas).

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En Detroit, quizás se echa en falta un más rígido sentido estructural, ya que comienza como una película de disturbios, se centra en una especie de thriller y termina con unas pinceladas de película de juicios. Pese a esta cierta asimetría, Bigelow logra alcanzar sino la uniformidad narrativa, al menos sí la estética. Detroit deslumbra por su naturaleza casi documental, de cámara en mano, pero sin perder un ápice de su voluminosa edición.

Así, el tan manido juego de los zooms, logra imprimir la huella de desgarradora tragedia y abominación a las horas que todas las personas que estuvieron retenidas en el motel Algiers (incluidos los tres muertos) sufrieron. De este modo, ese tramo de Detroit, que constituye su grueso nudo, por momentos parece toda una home invasion, una película de terror que, sin asesinos o elocuencias sobrenaturales pero sí con sangre y violencia, transmite a los ojos del espectador la brutalidad y la psicopatía de los policías de Detroit en los años sesenta, poco antes del asesinato de Luther King.

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En Detroit, más que por sus partes, la película gana enteros por el todo, por esa visión perturbadora y alargada que Bigelow transmite de los hechos. No obstante, si he de quedarme con alguno de los histriones no vacilo en señalar a un estratosférico Will Poulter como eje interpretativo de la película. De esos que si al salir del cine te lo encuentras por la calle, quizás se nublaría tu sentido de la realidad y le espetaras algo confundiéndole con su personaje.

En definitiva, con Detroit, Kathryn Bigelow ha conseguido ampliar más su ya de por sí variopinta filmografía a la vez que ha querido dejar entrever que quizás sea algo facha (en sentido estadounidense), pero no tanto. Una manera, a fin de cuentas, de marcar distancias con Donald Trump.

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