Dunkerque o la Segunda Guerra Mundial contada por Nolan

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Me invadió la curiosidad cuando supe que Christopher Nolan estaba rodando Dunkerque, y me preparé después de diez o quince años, a ver una película de la Segunda Guerra Mundial, en el cine o en mi casa. No exagero, Malditos bastardos y Zombis nazis son las únicas cintas que he visto ambientadas o inspiradas por la Segunda Guerra Mundial durante todo ese tiempo o más.

El subgénero no daba más de sí, condenado a la quincuagésima denuncia del holocausto (a cada cual más lacrimógena, veáse El niño con el pijama de rayas), a la glorificación de los ejércitos anglosajones o a aspectos colaterales del conflicto que solo pretendían explotar comercialmente el escenario bélico (The Monuments Men). La última que yo había visto, La zona gris, es una delicia precisamente por obviar tales cuestiones.

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Dunkerque es diferente, sabía que lo iba a ser; aunque no en todos los sentidos, sí en la mayoría. De este modo, nada se les puede reprochar a los franceses que se han mosqueado con Nolan porque ignora a las tropas francesas que también estuvieron en Dunkerque. La Segunda Guerra Mundial, para Hollywood, parece seguir siendo cosa solo de dos: Reino Unido y el amigo americano.

Pero si hacemos el esfuerzo (que ya es mucho) de olvidar tal mácula sobre la historia y la memoria, la realidad es que nos encontramos con un filme de un poderío audiovisual que acongoja, como suele suceder en toda aquello que toca Nolan. Un montaje de genio que transmite, a través de un crudo y aplastante lenguaje, todo el poder destructor de la guerra.

Nolan es un maestro de la edición, sabe lo que quiere y siempre lo consigue. Así, no solo ha imprimido a Dunkerque su ya característico tono épico, con esa mitológica fotografía que empequeñece a la humanidad, sino también un halo de horror. Por momentos, y gracias a la genial banda sonora, os parecerá que estáis observando una película de terror: melodías inquietantes y angustiosas o machacones sonidos industriales, tú eliges.

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Más fortalezas de Dunkerque. Si bien Nolan sigue ejerciendo ese anglocentrismo detestable, es de agradecer que en la cinta no aparezca un solo nazi, con su radiante y congénita maldad exudando por sus poros. Se me entienda: odio el fascismo, como todo buen izquierdista, pero el cine de la Segunda Guerra Mundial ha transformado el arquetipo nazi en un estereotipo, y con ello lo ideal se ha transformado en prosaísmo. No es necesaria una escena en la que un germanoparlante ejecuta a tropecientos civiles mientras ríe para saber que eran una amenaza para la humanidad. Nolan lo sabe, y plasma el mismo temor con su ausencia. Le vale, por ejemplo, con mostrar unas octavillas de propaganda nazi.

Pero también Nolan muestra alguna de sus carencias. El guion en cuanto a desarrollo de la acción y descripción de las escenas funciona a la perfección, pero la elipsis en los diálogos no debe ser excusa para no transmitir nada con las palabras. En el mismo sentido, su empeño en la no linealidad raya con la obsesión y uno se pregunta hasta qué punto es necesario siempre como muestra de marca personal. ¿En Memento? Perfecto, el asunto va de eso. Pero en Dunkerque no hacía falta, se podía haber contado la historia de la misma manera siguiendo una estructura lineal, y se hubiera ahorrado un embrollo como el de la escena en la que el avión de Tom Hardy se queda sin combustible.

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Sí, el casting es también acertadísimo, con un ya nombrado Tom Hardy que otra vez en una película de Nolan aparece con el rostro tapado y demuestra por qué es uno de los actores actuales con más talento; con un Cillen Murphy comedido pero pragmático; y con un Kenneth Branagh, un Mark Rylance y unos Fionn Whitehead y Tom Glynn-Carney (para mí todo un descubrimiento) soportando los momentos de mayor carga histriónica en cuanto a verbos se refiere.

Todo ello contribuye a lo que, a mi entender, es la mejor película bélica en lo que llevamos de siglo XXI. 

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