El crack, Alfredo Landa y los huevos del Bareta

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Jose Luis Garci siempre me ha parecido un pedante (solo hay que recordar su antiguo programa en La 2, con una tertulia llena de humo que duraba casi más que la cinta emitida). No solo como crítico cinematográfico, sino también como creador, ya que muchas de sus películas buscan una grandilocuencia de mensaje universal —todo cristo se tiene que sentir identificado con ellas— que a veces se queda en mero ejercicio estético. No soy el único que lo piensa, además. Pero, fíjate tú, que el tío tiene algún filme cojonudo como Volver a empezar, El abuelo o, la más estupenda de todas: El crack.

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Y en este peliculón verdadero (no como el que emite Antena 3), El crack, aparece un Alfredo Landa con un poder histriónico desconocido para mí hasta que vi su actuación en lo que nos ocupa. Tampoco he visto todas las obras en las que ha trabajado el no hace mucho fallecido actor navarro, pero sí le recuerdo muy bien en El verdugo, Cateto a babor, en las que se puso a las órdenes de Mariano Ozores, Los santos inocentes, La vaquilla o trabajos televisivos como el de Lleno, por favor.

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Pero nada más dar comienzo El crack —filme noir, en una variante castiza hasta la médula— cuando, impasible, el detective Areta (a quien encarna Landa) degusta un filete de ternera con patatas en un bar de carretera y unos cacos ochenteros entran a robar, sabes que nunca le habrás visto igual; sobre todo cuando a uno de los atracadores (llamado Bareta) le coloca la pistola en la entrepierna y le dice seco y sin pestañear: «Bareta, devuélveme el mechero o te quemo los huevos». Eso ya te engancha para el resto de la película… una película, El crack, sobre un hombre cuya hija ha desaparecido y que el detective Areta se propone encontrar a cualquier precio, sobre todo a medida que se va implicando profesionalmente y le van implicando personalmente.

En El crack, la estética apagada, ceniza, de un Madrid de principios de los ochenta que a veces parece Nueva York, envuelve a unos personajes de a pie, amantes del boxeo, de las partidas de cartas y de resolver casos; también a otros oscuros, viles y poderosos; y a otros duales, como el propio detective Areta, un tipo duro, bajito, pero duro como el granito que, a su vez, muestra una ternura que termina por resultar enigmática cuando se observa, asimismo, su gélida frialdad.

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En ese Madrid cargado de neón, de humo de tabaco y tubos de escape, sucio, borroso y lleno de rateros, proxenetas, chivatos y radiolocutores del funk se desenvuelve la historia de El crack, una historia de amor, de traición, de venganza y de los más bajos instintos del ser humano. La justicia, sin embargo, sobrevuela inamovible tu percepción a medida que avanza el metraje, al que no le sobra ni uno solo de los segundos, ni un solo fotograma, y que, os lo aseguro, conseguirá lo que solo consiguen las mejores películas: arrancaros un ¡joder! en más de una ocasión y que no le quitéis ojo a la pantalla ni aunque el mundo se derribe ante vuestros pies.

No es exageración: El crack es una de las mejores películas españolas que se han hecho una nunca, y esta en el top de las del cine negro.

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