El hombre sin pasado: Corea, Corea…

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No me cansaré de decirlo: el cine (sur)coreano está que se sale; tanto, que va a haber que empezar a inventar un nombre para la generación de grandes películas que están apareciendo en los últimos años. Ayer, sin querer, me comí otra más. El hombre sin pasado (2010), escrita y dirigida por Lee Jeong-beom, se une así a títulos tan magníficos y recomendables como Old boy, No mercy, Encontré al diablo, El bueno, el malo y el raro o The host; aunque, no lo olvidemos, también existen otros filmes surcoreanos que, para mi gusto, son menos atractivos (caso de Thirst o Crónica de un asesino en serie).

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El hombre sin pasado narra la historia de un misterioso y solitario hombre, Cha Tae-sik, que trabaja como perista en un edificio de viviendas de un suburbio. Allí, únicamente tiene relación con una niña cuya madre, heroinómana y bailarina de striptease, le llama Basura mientras se pincha con sus amigos y le dice que si se pierde olvide su dirección y su número de teléfono. Entre ambos surge una relación de tierna dependencia (El Usurero Fantasma y Basura, bromea la pequeña), pues el uno para el otro constituyen el único enlace con la sociedad y lo que ocurre en el mundo. Por eso, Cha Tae-sik monta en cólera cuando una organización criminal secuestra a la niña, y a su madre, porque esta última tuvo la genial idea de robar un par de kilos de heroína. A partir de ahí, el pasado de Cha Tae-sik sale a la luz. ¿Es realmente el hombre sin pasado?

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El largometraje pertenece a esa serie de películas surcoreanas que bien podríamos denominar como épica contemporánea, es decir en la línea de Old boy, No mercy y Encontré al diablo. Carece del lirismo o la expresión parabólica y metafórica de No mercy y, en menor medida de Old Boy, aunque con esta última, así como con Encontré al diablo, comparte unas escenas de acción trepidantes, cargadas de una bella (por justa) violencia.

¿Noir coreano? Puede. Pero la verdad es que estas cintas van más allá de describir el mundo criminal y sus personajes. Dibujan un tenebrismo social pocas veces cotejado por otros cineastas o, al menos, no con un estilo tan sobrio como espeluznante, donde una palabra domina toda la narración: venganza. Al incesto, la humillación social o los asesinos en serie vistos en otras películas de la misma escuela, se unen el tráfico de órganos (de niños y mayores), la exclusión social y la explotación infantil; aspectos de una ficción que la hacen convergir, cada vez con más evidencia, con la realidad.

Dentro de un montaje despampanante (soberbias las escenas de la pelea en el retrete y del salto por la ventana, propias de la mejor película oriental de artes marciales) y de un guion marginal y puntualmente confuso, conviven tres tipos de personajes con objetivos dispares: los policias (el Poder), los criminales (el Mal) y los héroes (el Bien, la Esperanza); entre todos, construyen una historia que es al mismo tiempo un drama social, un thriller, una explosión de acción y un retrato del crimen organizado. Que el mixtifori no os asuste: es una película muy buena. Vuestros ojos y vuestros oídos os lo agradecerán.

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