El santo del monte Koya, nada más…

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La literatura nunca deja de sorprenderme, y tal realidad es un gran síntoma de la capacidad de la misma como estimulante de las emociones humanas, tanto como de mi propia disposición a dejar que se me influya. El santo del monte Koya y otros relatos, de Izumi Kyoka, publicado por Satori Ediciones, consiguió ejercer un efecto en mí bastante arrebatador, sobre todo teniendo en cuenta que, en parte, fue una pequeña decepción. Decepción tan solo inicial que El santo del monte Koya y otros relatos supo premiar con una poderosa sensación que tuvo, incluso, su expresión física.

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No tengo reparos en admitir que desconocía por completo la figura de Izumi Kyoka. De hecho, es a través de Satori Ediciones que estoy conociendo la literatura japonesa, más allá del siempre consabido Murakami y demás elementos del mainstream literario. Repasando el catálogo de Satori —más en concreto su colección Maestros de la Literatura Japonesa— leí sobre él, sobre si era el más fiel representante del romanticismo japonés y la quintaesencia del japonismo al mismo tiempo, y por encima de todo, la influencia que Edgar Allan Poe ejerció en él. Su pasión por lo sobrenatural, por supuesto, me decidieron a hacerme con un ejemplar de El santo del monte Koya y otros relatos para mi disfrute y goce.

La pequeña decepción de la que hablaba, se refiere a los relatos que encontré. Yo me esperaba mucho más Poe y menos, no sé, Goethe, en el sentido del desarrollo e inspiración de los cuentos. Hablando en plata: más terror y misterio, menos amor e inspiración literaria buscada en la naturaleza y las personas. No obstante, cuando comprendí la intención de Kyoka en El santo del monte Koya y otros relatos replanteé mi lectura, y el resultado fue, de hecho, más enriquecedor. Así descubrí que, aparte de contar con elementos sobrenaturales, misteriosos o mágicos tan sobrecogedores o inexplicables como los que puede haber en Poe o Mary Shelley, «El santo del monte Koya», así como «El quirófano», «Un día de primavera» o «La mujer carmesí»  —los relatos y novelas cortas que componen, junto a aquél, la antología El santo del monte Koya y otros relatos— me arrastraban; y en ese arrastre, degustaba las letras, las líneas y los párrafos escritos por Kyoka hace más de cien años, que llegaban a mi fisiología y, como una droga, conseguían calmar mi ansiedad, producirme una fantástica y poderosa sensación de tranquilidad.

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Desde el escueto «El quirófano» —una historia intrigante y cargada de imágenes poderosas— hasta «La mujer carmesí» —un relato romántico en plena edad contemporánea que es una inocente reflexión sobre el destino—, pasando por «Un día de primavera» —novela corta, quizás la menos mágica de todas, pero que ejerce una asombrosa inercia hacia continuar la lectura— y, por supuesto, «El santo del monte Koya» —inolvidables los hechizos o el pasaje de las sanguijuelas—, El santo del monte Koya y otros relatos es un viaje por el Japón mas idiosincrásico y por las emociones más insospechadas, no porque las sientan los, y sobre todo las, protagonistas, sino porque serán despertadas en ti.

Dale una oportunidad y verás que no me equivoco. Valorad, si no, este párrafo:

La destrucción de la humanidad no será provocada por la ruptura de la frágil corteza terrestre ni por el fuego que manará del cielo. Ni tampoco por las olas del océano que bañarán la tierra. No, señor. Todo comenzará con los bosques de Hida convertidos en sanguijuelas y terminará con negras criaturas flotando en sangre y lodo. Solo entonces empezará una nueva generación de vida.

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