El vendido de Paul Beatty: fuego a discreción con muchas ganas

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El vendido, de Paul Beatty, me entró por los ojos. Su cuidada edición por Malpaso ya me hacía presagiar una lectura de las que difícilmente te olvidas. Después, tras consultar su sinopsis les dije que se callaran y que cogieran mi dinero.

Me resulta un tanto difícil comenzar a escribir sobre El vendido. Quizás pueda empezar admitiendo que mi interés en la novela se acrecentó por mi pasión sobre la historia de Estados Unidos, en general, y la historia y cultura afroamericanas en particular. De este modo, ¿cómo permanecer impasible ante una novela cuyo punto de partido es que un afroamericano trata de reintroducir la segregación (y sin querer la esclavitud) en los Estados Unidos del siglo XXI? Porque de eso, a grandes rasgos, trata El vendido.

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Claro que, uno podría pensar que la novela es un auténtico melodrama histórico, social y político. Pero nada más lejos de la realidad. El vendido, pese a que a Paul Beatty no le guste tal definición, es una sátira con mayúsculas, y el sentido del humor ácido, caustico, corroe toda la estructura de la sociedad estadounidense en lo tocante al racismo. Y como en todas las sátiras, el despropósito, el espíritu iconoclasta, la provocación y lo disparatado son solo una perspectiva desde la que afrontar la tragedia y el enfado.

Paul Beatty no deja títere con cabeza. En El vendido quedan retratados todos los actores que participan en la gran comedia que suponen las relaciones y tensiones raciales en Estados Unidos. Desde el racismo estructural puro y duro (el de la policía que siempre, ante todo, dispara a un negro), el bienintencionado progresismo que termina por encerrar una velada hipocresía, el racismo cultural propagado por cine y televisión, los asesinatos en el gueto y las familias disfuncionales o la propia incompetencia de quienes se autoproclaman los verdaderos defensores de la negritud.

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En El vendido no hay una narración ni una estructura habitual, y la historia se va construyendo de vómitos y escupitajos, a veces inmensos, que Paul Beatty lanza a la cara de la sociedad estadounidense a través de una primera persona que se vuelve omnisciente. Al fin y al cabo, el protagonista de la novela —que acaba por poseer un esclavo y tratar de reimplantar la segregación en una sociedad estadounidense en la que de hecho ya existe— es hijo, nada más y nada menos, que del Hombre Que Susurraba a Los Negratas, y lo sabe todo sobre ellos. Buena muestra de que a Paul Beatty lo políticamente correcto le viene al pairo. Valga como muestra lo siguiente:

—Es ilegal gritar «¡fuego!» en un teatro lleno de gente, ¿verdad?

—Sí.

—Vale, pues yo he susurrado «racismo» en un mundo posracial.

En El vendido se hace obvio lo que muchos sabíamos ya: que la llegada de un presidente negro a la Casa Blanca no era el fin de nada, no era el saldo de la deuda histórica, porque los problemas de los negros iban a seguir bien presentes. Y no solo los de los negros, también los de los nativos americanos o los de los chicanos. Qué demonios entienden los afroamericanos por «lo nuestro» es uno de los argumentos principales de la novela. ¿Es lo suyo matarse a tiros por las calles de Los Ángeles? ¿Creerse poetas por ser raperos? ¿Cambiar los nombres de obras literarias por otros más negros?

En fin que Paul Beatty, con El vendido, se ha ganado un acérrimo seguidor, no solo por su prosa descarada y sin filtros, sino por saber reflejar las vicisitudes de la historia como pocos autores lo han logrado. Aquí queda esto último:

Ese es el problema con la historia, que nos gusta pensar que es como un libro, que podemos pasar página y seguir adelante. Pero la historia no es el papel en el que aparece impresa. Es memoria, y la memoria es tiempo, emociones y canciones. La historia es lo que permanece en ti.

 

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