Ernesto Castro: trapolíticarte los prejuicios a base de filosofía

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¿Se puede hablar con un filósofo de política, trap y videojuegos? Por supuesto: Ernesto Castro (Madrid, 1990) es uno de ellos, y no es el único, aunque sí uno de los poquísimos con los que es posible hacerlo en España. Miembro de una familia de filósofos (salvo su hermano pequeño que estudia Literatura Comparada, todos sus miembros lo son), Ernesto Castro es becario predoctoral en la Universidad Complutense de Madrid, donde aparte de preparar su tesis sobre realismo especulativo, es profesor de la asignatura Historia del pensamiento e ideas estéticas. Es autor de Un palo al agua: ensayos de estética y Contra la postmodernidad, coordinador de El arte de la indignación y Bizarro, así como colaborador en monografías como Indignación y rebeldía, Humanismo-animalismo  y Red-acciones. Asimismo es crítico literario en Quimera y colabora en Revista de Occidente, Voz y Letra, Bajo Palabra, Mombaça, SalonKritik, Cuadernos del IVAM. Como habréis adelantado, lleva gafas.

Puede que alguna vez soñarais con tener un profesor de filosofía así… o no, depende de por donde anden vuestras gónadas.

En primer lugar, muchas gracias por acceder a la entrevista, es un verdadero placer haber pensado qué preguntarte. Yo llegue a ti, supongo que como mucha gente, a través de Contra la postmodernidad. La edición en forma de panfleto ideada por Alpha Decay era ya de por sí muy atractiva, pero me sorprendió tu precocidad, sobre todo porque desvelaba una madurez intelectual que pocas veces me había encontrado en un joven de veinte años. En este sentido, recuerdo que me hice una pregunta que espero me puedas responder. ¿Cuál fue el primer libro que leíste y qué edad tenías al hacerlo?

Yo solo soy precoz en el sentido genital del término. Hasta los 16 años solo leía sagas de fantasía (Harry Potter, Dragonlance, Narnia, etc.), escribía mis deberes sin poner las tildes y por lo tanto suspendía a menudo la asignatura de Lengua y Literatura. No recuerdo el primer libro que leí. Mi padre me ha dicho que cuando nací me recitó en el hospital el «Cántico espiritual» de san Juan de la Cruz, pero no creo que me enterase. Sí que recuerdo el primer libro que leí con una «mirada literaria», esto es, con la intención de aprender el oficio: las poesías completas de Bécquer, una lectura obligatoria de 4º de la ESO. Después de leer unos cuantos versos me dije «Yo puedo hacerlo mejor» y decidí que de mayor quería ser poeta. Terminé siendo filósofo. ¿Cuál es la diferencia?

Sin abandonar Contra la postmodernidad, uno de los argumentos que más me estimularon fue la realidad que apuntabas de que los autores posmodernos promulgan una percepción epistemológica con la que en realidad no solo no son coherentes, sino que no creen en ella: rinden culto al relativismo, pero infestan las facultades de ciencias sociales y de humanidades de la Universidad. En este sentido, ¿no es la posmodernidad un espejismo académico, un fraude muy lucrativo pero sin base empírica? Es decir, la masa no ha desaparecido, por ejemplo, ni ahora ni cuando Lyotard tuvo su culmen, sigue presente en la política, en la sociedad, en la cultura y en la economía, aunque el individuo posea una agencia que no había experimentado en ningún otro momento de la historia. ¿Cómo se explica que la Academia se tragara y siga tragándose sofismas infumables como proponer que la gravedad no existe?

Escribí Contra la postmodernidad hace seis años, así que hay muchas cosas que hay que contextualizar de ese libro. Todo empezó como un encargo de Ana Pareja, la editora de Alpha Decay, de escribir un panfleto contra la «generación de los mayores». Ella estaba pensando seguramente en los ensayistas de la llamada generación Nocilla (Eloy Fernández Porta, Vicente Luis Mora, Jorge Carrión, etc.) pero a mí me interesaba más meterme con mis profesores de filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid, incluido mi padre. Yo estaba leyendo a Popper, Kuhn, Lakatos y Feyerabend y pensaba matricularme en economía por la UNED, en lo que puede calificarse retrospectivamente como el comienzo de mi «giro económico y analítico», y cada vez me sentía más distanciado del hegelianismo, heideggerianismo y posmodernismo de mi facultad. Quería escribir un texto con el tono y la extensión del Manifiesto comunista o Normas para un parque humano. Con la fe del converso escribí un primer borrador puramente filosófico. Entonces tuvo lugar el 15M, me vi todos los programas de La Tuerka y escribí un segundo borrador de contenido más político. El argumento que mencionas en tu pregunta participa de los dos «espíritus» del libro: el filosófico y el político. Yo no critiqué a los posmodernos por ser catedráticos y relativistas al mismo tiempo, sino por vender la deconstrucción de la metafísica como una tarea política, cuando la política no tiene nada que ver con eso.

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Recuerdo una anécdota sobre Wittgenstein en la que se cuenta que, en una fiesta en casa de Russel, una amante del británico se acercó a él y le preguntó qué obra de Aristóteles era su preferida. Wittgenstein dejó a todos sorprendidos al decir que no había leído a Aristóteles. De hecho, la formación filosófica de Wittgenstein era bastante limitada. En una época en la que se quiere excluir a la filosofía de la educación preuniversitaria, ¿qué lista de filósofos darías como imprescindibles desde la Antigüedad hasta hoy?

La misma que antes era obligatorio estudiar en el bachillerato. En materia de «lista de filósofos imprescindibles desde la Antigüedad» solo se puede ser original a costa de ser frívolo.

Zizek dijo hace poco en Madrid que el capitalismo está al límite, opinión que comparte también Carlos Taibo y otros tantos, pero eso mismo ya se escuchó en crisis anteriores. Llama mucho la atención que solo se hable del fin del capitalismo cuando se produce una de sus crisis cíclicas. Mucho más cuando el neoliberalismo se muestra muy contundente y activista en su afirmación permanente de que el socialismo —y en general cualquier alternativa al capitalismo— conducen al fracaso y a la miseria. Si tenemos en cuenta que aun hoy existen estados construidos en base al absolutismo, ¿es realmente posible el fin de una ideología y del sistema que produce, caso del (neo)liberalismo y el capitalismo?

Si hay algo que me molesta de intelectuales como Zizek es que hablan del capitalismo y del neoliberalismo como si fueran entidades que realmente existieran. El capitalismo no existe; existen diversas combinaciones de economía de mercado y de Estado, en un extremo de las cuales está Hong Kong y en el otro Corea del Norte. El neoliberalismo no existe; existen diversas combinaciones de la filosofía política liberal y conservadora, en un extremo de las cuales está Jesús Huerta de Soto y en el otro Juan Manuel de Prada. Sobre estas entidades metafísicas soy profundamente ateo: como nunca han existido, ni siquiera pueden morir.

Respecto a esas alternativas, Zizek dijo también que cuando el capitalismo se viniera abajo, la alternativa sería algún tipo de comunismo. En sus palabras se esconde una realidad que desde el propio comunismo pocas veces se quiere ver: que pueden existir otras alternativas al capitalismo que no sean comunistas; desde el denostado mutualismo hasta otras formas ácratas, pasando por el socialismo democrático o algún tipo de democracia social. ¿Crees que una alternativa veraz al capitalismo es inextricable de la ortodoxia marxista-leninista?

Depende de lo que entiendas por capitalismo. Si por capitalismo entiendes lo que cuenta Marx en el capítulo de El capital sobre la acumulación originaria, a saber, la expropiación de la tierra a los campesinos, entonces la deskulakización de la Unión Soviética es un ejemplo de manual de capitalismo de Estado. Si por capitalismo entiendes las transacciones voluntarias y el orden espontáneo de los economistas austriacos, entonces el mutualismo es una forma de anarcocapitalismo. Una de las experiencias más reveladoras que yo he tenido sobre este tema fue cuando invité a Juan Ramón Rallo y a Isidro López a discutir sobre la Unión Europea a «España sin (un) franco», un congreso de ensayistas nacidos después de 1975 que organicé en Murcia en 2014. Para quien no los conozca: Rallo es un economista austriaco minarquista y López un economista marxista procomún. En la cena después del congreso se pusieron de acuerdo en que el mejor modelo económico era la pequeña empresa en régimen de cooperativa. En teoría, Rallo contemplaba las cooperativas como una forma de propiedad privada expandida y López como una institución democrática en la gestión de los comunes, pero en la práctica ambos coincidían.

En los últimos años, propiciado por el centenario de la Revolución rusa que se celebra ahora, se han publicado muchos libros sobre la misma y el sistema soviético, aparte de producirse un revival de melancolía, más o menos pronunciado, en la izquierda. Desde tu opinión, ¿qué se podría rescatar de la URSS histórica, política, social y económicamente como respuesta al capitalismo? ¿Qué merece, por el contrario, tu condena? ¿Coincides en algo con Noam Chomsky cuando dice que, en esencia, el sistema soviético era un sistema capitalista?

Condenar o elogiar a la Unión Soviética en 2017 es tan ridículo como ser carlista. En las conferencias que he dado este año sobre temas soviéticos y marxistas (aquí, aquí y aquí) he intentado estudiar desapasionadamente el pasado. Estudiando la historia de los partidos comunistas en América Latina he descubierto por qué el populismo es la única alternativa democrática para la izquierda. Estudiando el arte político de las primeras décadas de la Unión Soviética he descubierto formulaciones previas del debate sobre la alta y la baja cultura (hipsters vs. canis) que ha habido en España en los últimos años. Y estudiando la filosofía de Engels y a Lenin he encontrado una fórmula interesante para expresar el contenido racional de la tan maltratada dialéctica materialista. Eso es todo lo que puedo decir.

Y del capitalismo… ¿podemos extraer algo positivo, algo que dejáramos si llegase el momento de su fin?

«Nunca pienso en el futuro. Llega enseguida».

Y ya que hablamos de la URSS y del capitalismo, vamos con Podemos. Como mucha gente que se considera en el espectro ideológico progresismo/izquierda (en los que me incluyo) observaste con ilusión el auge de Podemos, y les has dado tu voto. Pero, como yo, a tenor de lo que expresas en redes sociales, has sufrido cierta decepción, a pesar de seguir concediéndoles tu voto. En este sentido, ¿qué es lo que más te crispa de Podemos? ¿El ego, las luchas internas, cierta falta de perspectiva estratégica, el no saber sobrellevar con pragmatismo el sambenito de novatos de la política institucional?

Respecto a Podemos creo que todos los votantes de Podemos hemos pasado en algún momento por las cinco etapas del duelo modelizadas por Elisabeth Kübler-Ross en Sobre la muerte y el morir. Primero, la negación: «Las críticas a Podemos son infundadas y provienen de los lacayos de la casta». Segundo, el enfado: «¿Cómo es posible que Pablo Iglesias haya sido tan dictatorial en Vistalegre I?». Tercero, la negociación: «No habrán sorpassado al PSOE, pero al menos tienen 70 escaños en el parlamento y las alcaldías de Madrid y Barcelona». Cuarto, la depresión: «Después de Vistalegre II el partido se va a disolver». Y quinto, la aceptación: «Una moción de censura puramente testimonial es lo único que se puede hacer».

Por cierto, que no todo lo fallido en Podemos se debe a causas internas, el aparato mediático-ideológico del sistema dominante ha trabajado sin descanso desde aquellas elecciones europeas de 2014…

Esto es como los que justifican la situación en Cuba apelando al bloqueo económico estadounidense. Pablo Iglesias quizás pensó que el aparato mediático del régimen del 78 le iba a dar la presidencia en bandeja solo porque le habían invitado como tertuliano al programa La Sexta Noche, del mismo modo que Fidel Castro quizás pensó en algún momento que el gobierno de Estados Unidos le iba a apoyar internacionalmente solo porque había salido en la portada de la revista Time, pero espero que ambos fuesen lo bastante astutos para no caer en ese tipo de ingenuidades.

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Para terminar con Podemos y pasar al trap y la música, ¿representa realmente una alternativa eficaz contra el capitalismo, en el sentido de superar todas las contradicciones de este?

Pablo Iglesias ha dejado claro desde antes de Podemos que es un Realpolitiker, que la política consiste en «cabalgar constantemente contradicciones» y que lo máximo a lo que se puede aspirar económicamente en un país del sur de Europa es a una socialdemocracia consumista keynesiana.

El trap… En alguna conferencia te has alegrado de que tu evento coincida en la misma ciudad con un concierto de Kinder Malo y Pimp Flaco, ¿de dónde viene tu pasión por él? ¿Es estética, generacional? ¿Te gusta lo que hace gente como A$AP Rocky? ¿Qué otros géneros musicales escuchas?

Como dije en un debate sobre las masculinidades del año pasado (aquí, aquí y aquí): yo escucho el trap de una manera preirónica, esto es, me gustaría que me pasara lo que canta Kinder Malo de «Yo follo con tu puta y me pone el pijama», aunque no hago nada para que pase y llevo una vida de célibe eremita. Y sí, yo escuchaba bastante a A$AP Rocky en 2011. Después de las elecciones estadounidenses de 2012 no sé qué ha sido de él. Mi oído es tan malo que no sé ni el nombre del resto de géneros musicales que me gusta escuchar. Es pura bazofia.

Buena parte de la izquierda, tanto la 2.0 como la tradicional, despotrica contra el trap y otros nuevos sonidos del rap, sea español o no, caso de Costa o C. Tangana por parte patria o el ya citado ASAP Rocky en lo yanqui. ¿Por qué crees que pasa esto? ¿Por qué una persona de izquierdas debería escuchar más a Los Chikos del Maíz y Public Enemy, por ejemplo, que a Death Grips? ¿Es todo cuestión ideológica o lo que se produce es un choque entre las viejas y las nuevas tendencias estéticas?

Solo tengo que decir que críticos musicales ideologizados como Victor Lenore, que celebran el tecno latino por su colectivismo al mismo tiempo que desprecian el trap por su individualismo, deberían ser más conscientes de los intercambios en ambos géneros. En España, lo que se entiende por trap no es sino una mezcla de reggeaton, dancehall y cosas de Atlanta, y en América Latina muchos que empezaron haciendo reggaeton están probando suerte actualmente con el trap (Anuel AA, Ozuna, Arcangel, Bad Bunny, etc.). A modo de broma yo he dicho que el trap es una síntesis hegeliana de la antítesis dialéctica entre el cani y el hipster que divide a los bandos de la guerra cultural dentro de la izquierda en España.

En una intervención en diciembre del año pasado, afirmaste que los videojuegos, al reunir muchas de las artes mayores (música, diseño, pintura, literatura, etc.) en un solo medio, podrían considerarse la obra de arte total. La cuestión de si algo es arte o no, en absoluto es novedosa, ya ocurrió lo mismo con la fotografía y el cine. Sin embargo, parece que con los videojuegos la Academia, salvo casos puntuales como el tuyo, se muestra más terca en reconocer su naturaleza artística a pesar de que sea bastante obvia, y no tiene reparos en considerar como arte una lata supuestamente llena de mierda de artista o un urinario. Buena parte de la sociedad no académica, por el contrario, no duda en reconocer a los videojuegos como arte. En este sentido, ¿a qué se debe, en tu opinión, este aparente prejuicio académico hacia lo digital y virtual? ¿Solo podemos hablar de arte si lo sanciona la Academia?

Sobre los límites del concepto de arte no tengo nada que añadir a lo ya dicho en una clase de mi curso de estética titulada, precisamente, “¿Qué es el arte?”. En cuanto al prejuicio de la Academia contra los videojuegos, las cosas de palacio van despacio: en Francia el Estado subsidia a la industria de los videojuegos como parte del patrimonio cultural desde 2006 y en las universidades anglosajonas ya se están empezando a valorar los videojuegos como objeto de análisis, pero en España las innovaciones en materia de humanidades se suelen asumir con quince años de retraso. ¡Ya hablaremos en 2032!

Siguiendo con los videojuegos, el debate sobre si son arte o no se acrecentó con el salto a las tres dimensiones y los préstamos estéticos y narrativos que tomó del cine. Silent Hill 2 o The Last of Us son buenos ejemplos, pero existen una ingente cantidad de obras que, sin ser cinematográficas y centrándose más en aspectos de jugabilidad (juegos deportivos, Tekken, Super Mario Bros. o el mismísimo Pong) también son obras de arte. Todo remite al debate entre la ludología y la narratología. ¿La consideración de un videojuego como arte descansa más en una perspectiva holística de su contenido o en tanto en cuanto se parece a las artes más clásicas?

Algunos teóricos destacan la jugabilidad como elemento artístico. En ese sentido, la obra de arte no sería el videojuego sino la partida y el artista no sería el programador del videojuego sino el youtuber que sube gameplays a su canal, por ejemplo. Otros teóricos destacan la narrativa, normalmente para negar la artisticidad de los videojuegos. Esta es la posición de Michael Samyn y Auriea Harvey, los fundadores del estudio indie Tale of Tales: los videojuegos no son arte porque su narrativa suele ser pura mecánica. A mí me gustan muchísimo los videojuegos, pero hay que reconocerle a Anita Sarkeesian que la mayoría tienen una trama de venganza más pueril y machista que muchos cuentos infantiles. La gente que ordena a los videojuegos por sus gráficos, como si mayor resolución fuese igual a mayor calidad, no ha entendido nada de la historia de la estética. Desde Altamira hasta el MoMa, la abstracción y el esquematismo no vienen antes sino después del realismo mimético. Sobre estos temas di un curso el año pasado (aquí y aquí).

Por último, te voy a hacer un pequeño cuestionario que le expongo a todos los entrevistados. Basta con que me nombres un libro de ficción, uno de no ficción, uno de poesía, una película, un disco de música y un videojuego. No tienen por qué ser tus preferidos, sino alguno que recomendarías o al que concedes un valor especial. Por lo demás, te reitero mi gratitud por haber dedicado parte de tu tiempo a esta entrevista.

  • Libro de ficción: Los pichiciegos, de Rodolfo Fogwill.

  • Libro de no ficción: ¿Qué es la materia?, de Hermann Weyl.

  • Libro de poesía: La conversación, de Santiago Sylvester.

  • Película: Después de Lucía, de Michel Franco.

  • Disco de música: La sinfonía del renacimiento, de Mieczysław Karłowicz.

  • Videojuego: Civilization VI, de Sid Meier.

 

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