Halloween anarconihilista y jacobino

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En los últimos años se va convirtiendo en tradición, cuando llega el Día de Todos los Santos, que los medios se hagan eco del progresivo aumento de la celebración de Halloween en España. Las redes sociales echan fuego ese 31 de octubre, también, entre partidarios y detractores de Halloween: ahí están los chauvinistas que, chorizo en mano (no iba a ser con una butifarra catalana), despotrican sobre la gente que lo celebra en este país, mientras ellos se van a merendar a McDonald’s o Burguer King, escuchan Lady Gaga o Metallica y ven la última película de Quentin Tarantino. Pero vamos que si estos pecan de tocapelotas en toda regla, los padres que incitan a los niños a ir por la calle disfrazados y por las casas con el truco o trato son unos mamarrachos de no te menees, incapaces, la gran inmensa mayoría, de responder, por desconocimiento, cuando sus hijos les pregunten el porqué de la celebración de Halooween.

Si tuviera que elegir, diría que habría que ser pragmático respecto a Halloween. Al fin y al cabo, los entusiastas de Halloween en España lo hacen por el simple hecho de que al día siguiente aquí solo curran los chinos (este año, lástima, cae en domingo y no dan puente), que ya les digo yo que si Halloween cayera un 3 de abril aquí no se veían ni calabazas ni disfraces ni una polla en vinagre, y solo algunos frikis, como yo, lo dedicarían a ver películas de terror, como Halloween de John Carpenter, por pura mitomanía del asunto de lo macabro, la sangre y tal. Porque Halloween no es tan arbitraria como se piensa para España y los países que han recibido su herencia, que aquí el 1 de noviembre se va al cementerio a honrar a los muertos, y, al fin y al cabo, de celtas tenemos algo (algunos más que otros, eso sí). Entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre se celebran fiestas o rituales relacionados con los muertos en los países europeos o en territorios otrora conquistados por europeos. Eso es lo suyo: disfraces, borrachera y pelis de miedo el 31 de octubre; flores, huesos de santo y cementerio el día 1 de noviembre: aprovechar la globalización, no que la globalización se aproveche de ti. Aunque la Iglesia española, tan dada a opinar de todo desde siempre, le parezca que el asunto de los caramelos y de tallar calabazas, de Halloween, «tiene un trasfondo anticristiano».

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Pero sea Halloween (la Noche de Brujas) o el Día de Todos los Santos, la verdad es que hace dos años la semana de la celebración vino cargada de terror y de muertos. La cosa es que Hugo Chávez moldeó su rostro en la obras del metro de Caracas, según nos contó el tuercebotas que no le llega a la suela: Nicolás Maduro. Me pregunto yo, cómo diantres este marxista de telenovela conjuga su espiritualismo y espiritismo y sus pláticas con los difuntos con eso de que «La religión es el opio del pueblo» y con el materialismo dialéctico. Que una cosa es la Teología de la Liberación y otra ser un mentecato que retransmite su trola en riguroso directo y recibiendo el beneplácito de un montón de militares que asienten confirmando que sí, que Chávez se aparece en las obras del metro de Caracas. Socialismo del siglo XXI a lo caras de Bélmez. Ahí es nada. Y todo antes de Halloween.

Aunque para horror antes de Halloween, trabajar en las mismas entrañas del planeta, muy cerca del Infierno, durante más de un cuarto de tu vida (a veces media), aun cuando el gobierno escatima (cuando no quiere quitarte) los fondos destinados para el bien de todo tu gremio, y que la desgracia, la retorcida voluntad del destino o, simplemente, la más rastrera casualidad haga que una bolsa de gas te estalle en la cara sin que te des cuenta, y que cuando lo hagas, sea ya demasiado tarde para vivir. Lo que le pasó a los mineros de León justamente también hace dos años. Eso estremece; eso enrabieta y te entumece la respiración. Eso te hace olvidarte del estúpido debate de Halloween…

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