La casa del hambre, la casa de Marechera

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Llevaba tiempo buscando el momento oportuno de ponerme a leer La casa del hambre de Dambudzo MarecheraLo compré antes de verano, pero, como le ocurre a todos los lectores adictos, lo había ido posponiendo, bien por indisponibilidad emocional (sabía lo que me iba a encontrar y prefería dejar descansar a mi mente con aventuras o alguna comedia) bien por la prevalencia de otras lecturas programadas con anterioridad. Pero era una joya que guardaba con celo: durante estos meses siempre le echaba una mirada cómplice al lugar que ocupa en mi estantería. Y era así por dos motivos fundamentales: tratarse de un autor de Zimbabue (antigua Rodesia del Sur) y su llamativo y enigmático título, que evoca tanto terror como reflexión. Y no me equivoqué… en nada.

La casa del hambre, publicada por Sajalín Editores (otra de las grandes, grandísimas, editoriales independientes que nos hacen los genitales hache dos O) no defrauda en ningún aspecto. Marcadamente autobiográfica, narra…; mejor dicho, expresa con explosividad la visión de la vida, de la África poscolonial, del racismo, de la política, de la literatura… de un joven adulto negro desde la declaración de independencia de la antigua Rodesia del Sur, que daría lugar al régimen apartheidista de Ian Smith. La casa del hambre, el título, viene a simbolizar a toda África, pero especialmente la subsahariana, y más específicamente al sur, donde los excolonos blancos siguieron detentando el poder durante mucho tiempo. No obstante, el mismo nombre de Rodesia no es cuestión baladí: deriva de Cecil Rhodes, empresario, colonizador y político británico. Cruzados del capitalismo dando nombre a países, eso solo puede pasar en África…

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Con La casa del hambre, Marechera produjo un auténtico monstruo, todo un prodigio literario. En La casa del hambre se mezclan la violencia real que uno puede encontrar por ejemplo en ensayos como Dancing in the Glory of Monsters, el libro sobre las guerras del Congo de Jason K. Stearns, con la más pasmosa (por valiente) observación de la belleza en tan accidentado infierno y la lúcida reflexión política. Un universo real en el que la minoría blanca oprimía sin compasión, muchas veces ayudados por la colaboración de los negros, pero también en el que los negros se oprimían a sí mismos sin mucho disimulo. Marechera descarna el conflicto racial, lo reduce a su significado mismo. ¿Qué pensaría el autor de La casa del hambre del estado actual de los granjeros blancos que quedan en Zimbabue de estar vivo?

Tengo moscas aplastadas contra mi memoria. Cual feligreses devanan redes de oraciones en busca de pequeñas revelaciones. Manchas de tinta, acuarelas, tiza, pinturas al pastel, manchas de lágrimas, manchas de sangre, horarios, pósteres del ciclo vital de las moscas, más manchas de tinta… Dedos sucios rascando orificios oscuros, imágenes borrosas colándose en las grietas apulgaradas del espíritu. Y los que una vez fueron nuestros padres ahora se pudren y desprenden hedor bajo la cal del siglo XX.

La casa del hambre, con su estructura asimétrica y esquizoide (una novela y una serie de relatos que la complementan) describe una realidad social y personal que nos devuelve a la sensación de terror que puede infundir el título: abracadabrante el momento en que el protagonista nos narra sus alucinaciones; inhóspita la sensación que nos atrapa cuando se describe —en breves dosis de exhaustividad—  el rol de la mujer africana; un nudo en la garganta en el momento en el que un padre regala a su hijo, por su vigésimo primer cumpleaños, un kit anti-ETS (Enfermedades de Transmisión Sexual).

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Por si fuera poco, La casa del hambre es un derroche de suculentas y eróticas construcciones gramaticales, cargadas, para mayor goce, de un estilo desgarrador, de aquellos que despiertan sensaciones y producen impresiones. La prosa de Marechera merece ser asimilada a pequeños sorbos: es valiosa, como una única cantimplora de agua en un desierto. Me daba pena que se acabase, casi tanto como me daban escalofríos los trozos de dientes y molares que inundan cada cierto tiempo sus páginas, esa violencia que persigue a un individuo sin remedio, incluso cuando cree que está a salvo de ella.

En fin, ruego a Sajalín Editores que siga traduciendo (tan bien) y publicando la obra narrativa de Marechera: ¡quiero ver Black Sunlight y The Black Insider en castellano!

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