La chica danesa: comprender una lucha

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Elegí ver La chica danesa dejándome llevar por el poderoso atractivo del histrionismo de Eddie Redmayne, que literalmente me arrebató con La teoría del todo. Desconocía la profundidad del tema de la película, su valor histórico y que tratase el caso de Lili Elbe; tan solo había leído la sinopsis, y mi novia estaba entusiasmada por verla, así que ayer decidimos que nuestra película semanal iba a ser La chica danesa.

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Y acertamos. La chica danesa es una obra de factura técnica impecable, gracias al trabajo de Tom Hooper a la batuta. El director británico ha sabido sacar provecho a una historia que ya por sí sola es merecedora de conocimiento por parte del gran público, que seguro se sorprenderá al comprobar que la primera operación de cambio de sexo se realizó hace casi un siglo, a pesar del opresivo ambiente social que se respiraba en tal fecha en la Dinamarca de principios del siglo XX (a la inmersión en el pasado cercano que produce La chica danesa, contribuye, además, una recreación histórica clónica, así como un trabajo de maquillaje y vestuario fidedignos hasta la confusión). Decir tabú es decir poco. Imaginemos cómo hubiera sido un caso en nuestra bien amada España en la misma época… Obviamente, si eres del espectro ideológico de Qatar, Omán, Kuwait o los Emiratos Árabes Unidos, que han prohibido la película por perversión moral, entra a ver otra.

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Pero, sin duda, si hay algo que destaca en La chica danesa es la actuación de Eddie Redmayne, que no por casualidad se ha llevado una nominación al Óscar a mejor actor. Su interpretación es bipolar, sensible, inocente, melancólica y conmovedora: un vendaval de emociones.  Vendaval en el que se ha sabido mantener firme para transmitir una realidad que la mayoría de los seres humanos ni siquiera somos capaces de imaginar. Supera con matrícula el reto, después de haber hecho lo propio hace más o menos un año al ponerse en la piel de Stephen Hawking. Pero Redmayne es la estrella que más brilla en una constelación poderosa, con una Alicia Vikander y un Matthias Schoenaerts (que parece el mismísimo Vladimir Putin en sus años mozos), entre otros, que contribuyen a la caída del espectador en la magia solidaria de La chica danesa.

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A través del caso de Lili Elba, La chica danesa nos sumerge en un reclamo estético que apuesta por diseccionar la belleza, la valentía y la identidad, así como la libertad individual y la complejidad de las emociones humanas. La grandeza y el acierto de Hooper no es tanto un método y un estilo que te deja estupefacto (en esto se muestra mas bien tradicional), sino en su valentía por transmitir un auténtico desafío histórico en toda su crudeza, tanto en la biosocial como en la psicológica. Uno de los momentos que más impacto han producido en mí de La chica danesa, es una escena en la que Einar, la falsa identidad masculina de Lili, no puede pintar, se queda en blanco, es incapaz de realizar su trabajo; pero no porque la depresión se lo impida, sino simplemente, porque ya no es Einar sino Lili, y Lili no es pintora. Este hecho, que una persona transgénero no lo es gratuitamente sino porque sus emociones se lo imponen, es algo que, lamentablemente, no todo el mundo se muestra dispuesto a aceptar.

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