La cumbre escarlata: el poder de Del Toro

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La cumbre escarlata, la nueva película de Guillermo del Toro o, podemos decir, uno de los mayores espectáculos audiovisuales que se han producido en el fantástico en los últimos años.  Claro que la cinta del mexicano posee sus deficiencias, tampoco es una obra maestra. No una obra maestra, pero sí una película que encanta, que tiene hechizo, que te invita a no despegar el ojo de la pantalla aunque el desenlace pueda intuirse a mediados del metraje.

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Como película de terror y en cuanto a argumento La cumbre escarlata no deja de ser una Haunted House, una de fantasmas para entendernos. El guión es sólido, sin excentricidades ni giros inusitados ni vacíos por donde caiga su valor narrativo: muy bien caracterizado históricamente, con unos personajes precisamente definidos en lo psicológico y que no decae en ritmo narrativo, que se mantiene unívoco desde el principio al final. Lo que cuenta La cumbre escarlata no es, al fin y al cabo, rompedor, reconoceréis los narrativos en cualquier película de muertos condenados a quedarse entre nosotros y de cualquier cuento gótico.

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Pero, ay, la dirección; ay, la dirección de La cumbre escarlata; en una palabra: maravilla.

Del Toro vuelve a crear un universo con vida propia, y no solo cinematográfica; valga el oxímoron de señalar que los muertos están muy vivos, y de que la sensación de que lo siguen estando cuando los créditos invaden la pantalla te perseguirá de una manera dulce. ¿Cómo es que lo consigue? Pues paso a paso. Empezando por ejemplo con una escenografía y un vestuario cuidados hasta el más mínimo detalle, con una contextualización de esto que se llama el devenir del tiempo que va más allá de la mera documentación. Ahí está una mujer escritora en pleno siglo XIX que rechaza con amabilidad una preciosa pluma para escribir que su padre, un Self Made Man estadounidense metido de lleno en los negocios, le regala. Y lo hace con la excusa de que prefiere una máquina de escribir, la novedosa herramienta de trabajo que aunque avanzaba a dentelladas en su ímpetu comercial, aún le quedaba mucho camino por recorrer. También le quedaba a la mujer escritora, y a la mujer en general (como a la protagonista de La cumbre escarlata) un largo camino por recorrer en la conquista de sus derechos individuales, algo que el filme recoge de pasada, pero acertadamente.

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Si a esto se le suma unos efectos especiales que mezclan con un genio insuperable la efectividad de lo digital con la artesanía de lo pretérito, no puedes más que quedarte embobado contemplando el colorido óleo que Del Toro despliega con todo el poderoso estilo que le caracteriza en La cumbre escarlata. Una película de inspiración gótica asaltada por el cromatismo, como ocurre en «La máscara de la Muerte Roja» de Poe; una variedad oscura de colores en los que domina, como habréis adivinado, el escarlata. Y el uso de la luz y las tinieblas que es toda una lección en lo de generar una atmósfera. Súmale un montaje de quitar el hipo y comprenderás por qué La cumbre escarlata es una obra memorable.

¿Los actores? Bien, muy bien, pero aquí quien manda es el director: el maestro Guillermo del Toro.

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