La extendida práctica del egotismo

Egotismo, sí, egotismo, no creáis que me he confundido con egoísmo. No es que vaya de sabihondo, es que lo soy, y os jodéis. El caso es que poca gente conoce este vocablo, a pesar de que hacen gala de todo su poder, si bien, para ser justos, sin ni siquiera saberlo. Egotismo es una palabra relacionada con egoísmo y con egocentrismo, pero se refieren a tres actitudes completamente distintas e independientes aunque compartan el ego; hasta el punto de que alguien puede sufrir de egotismo y ser enormemente dadivoso. El egotismo, según lo define la RAE es: 1. Prurito de hablar de sí mismo; y 2. Sentimiento exagerado de la propia personalidad. Estoy seguro de que ya habéis imaginado a alguien…

 

Así, una persona que sufre de egotismo, que sufre o hace gala de egotismo, es aquella que se tiene a sí misma en mucha consideración. No solo a lo que pudieran ser sus logros personales y materiales, sino a su personalidad, a su psicología; y los reconoceréis porque regularmente hacen comentarios del tipo: «Es que yo soy muy buena», «Como yo siempre digo…», «Yo ayudé a organizar toda la fiesta», «Hay que ser muy fuerte para sufrir lo que yo he sufrido sin decir nada», «Me llaman continuamente de trabajos, porque mi perfil está muy valorado», «Las nenas se mueren por mis huesos; es que soy irresistible», «Me vio y se acojonó, porque ya me conoce», etc.

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Y coincidiréis conmigo en que el egotismo es una puta plaga. Que mires a donde mires y escuches lo que escuches, sea en la peluquería, en la cola del supermercado, en el banco de un parque o en la sala de espera de un hospital, todo el mundo habla de sí mismo como si no hubiera 7000 millones de individuos más en todo el planeta. ¿Qué hace a la gente considerarse en tal alta estima cuando, además, después se comportan igual de bien o de mal que el resto del mundo? Porque nadie es perfecto, nadie: yo, por ejemplo, soy el ser más imperfecto que existe. Eso no es óbice para que sepa reconocer que poseo ciertas cualidades, pero de ahí a considerarme imprescindible para el desarrollo del mundo hay un gran trecho, un trecho que nadie es capaz de ocupar por entero, porque todos somos prescindibles, aunque no queramos aceptarlo.

 

El caso es que en España cada vez más el egotismo se adueña de las calles, de los puestos de trabajo, de los parques, de las partidas de mus, de las piscinas, de las barras de bar y hasta de las tetas de tu abuela y los cojones de tu padre. ¿O solo me lo parece a mí? Bueno, pues como soy de naturaleza quisquillosa e inquisitiva, me puse a pensar cuál podría ser la causa de esta pandemia de egotismo ibérico, y mira tú por dónde, acabé pensando como El Caballero de los Leones: «Con la Iglesia hemos dado».

 

Porque el catolicismo, tradicionalmente, a diferencia del calvinismo o el luteranismo, reprime el éxito individual y su comunicación. Vamos, que los protestantes están mucho más acostumbrados a cantar sus victorias, a decir que han hecho las cosas bien: sin excesos. Esto no quiere decir que no exista el egotismo en estas sociedades, ya que es algo universal, pero sí que, históricamente, están mucho más acostumbrados a reconocer sus virtudes individuales. Aquí, en España, el dominio absoluto cultural de la Iglesia durante más de seiscientos años provocó que la gente ahogara la libertad de hablar de sí mismo, de su eubolia, de sus destrezas, de sus éxitos… Y ahora que la soga se ha destensado, se ha desatado un frenesí incontrolable por decir que uno o una es la polla, aunque sea un miserable.

 

Y en esas estamos…

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