La llegada: la magia de Villeneuve

Fue en Nocturna 2014. Durante la entrevista que realicé a Merlin Dervisevic le pregunté qué películas canadienses habían estimulado más su sentido estético cinematográfico; en cierto modo una forma eufemística de preguntarle por sus influencias recientes. «Incendies», me dijo. Al llegar a casa busqué información sobre la cinta, hasta que logré hacerme con ella. Entonces la vi, y sucumbí sin ninguna resistencia a la fuerza narrativa de Denis Villeneuve. Con la aparición de los créditos de Incendies, supe que aquel director francófono canadiense se iba a convertir en alguien a quien seguir; y así fue, y así ha sido… Prisioneros, Enemy, Sicarioy ahora La llegada.

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En todas es palpable, asible con los ojos, los oídos y el intelecto, un estilo al contar las historias que funde en sus ejercicios la observación moderna del cine, el ardor iniciado por D. W. Griffith, con las técnicas narrativas que un Orson Welles tuvo a bien introducir en Ciudadano Kane y que luego se generalizaron. Eso y poseer una batuta como pocas se han visto para extraer el mayor y mas arrebatador histrionismo del plantel de actores y actrices, y dejar que las palabras invadan con firmeza unas imágenes de por sí ya suficientemente poderosas para transmitir aquello que sucede.

Por eso esperaba La llegada como agua de mayo. Villeneuve, después de recorrer el thriller, se metía a la ciencia ficción. No me podía quedar en casa mientras algo así sucedía en la pantalla grande. Y lo que hallé me abrumó por su calidad y por la magia que rezumaba. Hasta tal punto que puede ser la única cinta sobre extraterrestres que me creo desde Solaris (la soviética, por supuesto). Hay otras muchas que me han gustado muchísimo, caso de Distrito 9, pero solo esta me ha arrastrado a un espacio en el que lo que me cuentan lo contemplo con rutina, con normalidad.

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En La llegada, la cosa empieza como siempre: unas naves que llegan a la Tierra. Pero Villeneuve desdeña pronto la visión antropocéntrica (la forma de calamar de los extraterrestres solo puede entenderse como un homenaje al cine clásico de ciencia ficción), para ofrecer un relato que convierte al lenguaje, a la lingüística, en pura ciencia; una ciencia que supera, al menos en la película, a lo que la física sería capaz de conseguir. Adiós a las batallas intergalácticas, a las intenciones de conquista, al miedo… y hola al calor humano, a la reflexión acerca de las consecuencias que acarrea la división política de una especie biológica como la nuestra y al caos que habita en el tiempo que construye las relaciones personales; desordenado, pero capaz de ser intuido.

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De principio a fin, La llegada es una lección de cine, de cómo mantener interesado al público sin necesidad de acudir a clichés de género, de la utilización de símbolos que agrandan la sensación de lo desconocido, de saber extraer al espectador de la realidad a base de misterio, de un misterio que le resulta familiar, aunque jamás en la vida se haya enfrentado a algo similar. De actuaciones que conocen su papel, valga la redundancia, y su posición en un universo donde lo orgánico y lo inorgánico se muestran como elementos narrativos igualmente imprescindibles. Una obra que consagra a Denis Villeneuve.

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