La madurez de Jaume Balagueró

Desde que en el año 2000 vi Los sin nombre, Jaume Balagueró se convirtió para mí en uno de esos cineastas al que tienes que seguir necesariamente por puro apego al cine de terror. Más tarde, siguió dando muestras de su innegable talento y de su característico estilo a la hora de despertar con imágenes, palabras y sonidos uno de nuestro sentimientos más primitivos. Y al final consiguió lo que pocos directores de cine españoles han logrado: convertirse en un referente internacional para el género; realidad de la que el fenómeno REC tiene buena parte de culpa.

Pero como todas las personas, Balagueró crece, y no iba a dedicar el resto de su vida a contar historias sobre espectros o zombis, aunque el mal siga siendo su preocupación más evidente.

Mientras duermes es la mayor evidencia que existe respecto a su madurez artística.

La cinta huye del tradicional estilo del catalán. Por ejemplo, hay una ausencia absoluta del llamado «efecto Balagueró», esa suerte de ansiedad visual tan idiosincrásica que reinaba comodamente en momentos cumbre de Los sin nombre (1999), Darkness (2002) o Frágiles (2005). Aspectos técnicos aparte, Mientras duermes trae muchas más novedades.

Ante todo es una historia humana: de personas normales y de gente corriente, al menos en un sentido físico y biológico… La premisa contextual no es la de una trágica desaparición, un triste hospital infantil, un inquietante y misterioso nuevo hogar o una comunidad de vecinos infectados con un virus demoníaco. No. Se trata, simplemente, de un edificio de viviendas cuyo portero es un sociópata de manual.

Jaume Balagueró, catalán de nacimiento.

César -así se llama el individuo en cuestión- ha nacido con la incapacidad de ser feliz, y que otras personas disfruten de su vida hace que una maldad congénita se apodere de su cuerpo y de su mente y, por tanto, de su conducta. Solo tiene una motivación para seguir viviendo: perpetuar la desgracia de los que le rodean, ya sea su madre o la atractiva vecina del tercer piso, letra B. Una infelicidad y desdicha que no pretende atajar por la vía fácil, sino de una manera sutilmente retorcida.

Luis Tosar como César, soberbio.

En la forma, el personaje de César recuerda a René, la portera del número 7 de la calle Grenelle, en París, y protagonista de la novela de Muriel Barbery, La elegancia del erizo (2006). Como René, César observa a los habitantes del edificio; los destripa conductualmente; conoce sus preocupaciones y debilidades… Pero al contrario que la portera francesa, César no se contenta únicamente con dejar patente su desprecio hacia una burguesía cínica, estúpida y artificial, sino que va más allá. Y ahí, el fondo de ambos personajes es categóricamente distinto.

El trabajo de Luis Tosar es sublime, tanto que da la sensación de que Balagueró había pensado la película para él y que no se realizó ningún tipo de casting para el personaje. Su actuación eclipsa al resto de la plantilla, y los registros interpretativos que alcanza son inigualables, propiciando en el espectador la aparición súbita e inusitada de un sentimiento de solidaridad hacia un personaje de naturaleza vomitiva. César, un nombre que desde hoy ha pasado a engrosar la selecta lista de villanos más perversos y psicóticos de la historia del cine, a la altura del mismísimo Norman Bates.

Su punto de partida existencial no es para menos: el motor de su vida es la miseria ajena. Una cruel ironía que no por rebuscada es menos realista; es cierto, hay personas que solo alcalzan la felicidad cuando otros no la tienen. El sarcasmo social de Balagueró no solo es preciso sino también preocupantemente veraz.

«Pero si me tiro la gente gana. Tengo que vivir para fastidiarla.»

Todo es tan extrañamente cotidiano que la necesidad de recurrir a efectismos cae por su propio peso. Hay mucha tensión, pero es tan humanamente oscura que vale con contarlo como si conversaras con un amigo; el suspense abunda, pero es tan natural que solo hace falta grabarlo. No obstante, el director no olvida aspectos que han dotado de estilo personal a su cine y hace un guiño directo a sus seguidores más incondicionales en forma de fetiche, mostrando, por ejemplo, un antiguo aparato de radio que César utiliza para hacer más distendida su jornada en el portal.

Es muy probable que la película os defraude si esperáis encontraros la clásica película de Balagueró. Ayer, nada más terminar la película, uno de mis acompañantes en la sala no pudo contener su personal decepción y me confesó: «es un poco truño». El crecimiento de Balagueró como director es verdad que, sin querer, está más pensado para críticos de cine puretas y pedantes (como Carlos Lesbiano de El País) y, personalmente, he disfrutado más con REC, Darkness o Los sin nombre. Pero la calidad que rezuma por todos sus fotogramas es indudable, tanto como que Jaume Balagueró es uno de los mejores cineastas que ha parido el estado español.

A mí, al menos -y espero que César no se sienta ofendido- me hizo feliz durante ciento siete minutos.

 

2 Comments en La madurez de Jaume Balagueró

  1. Prefiero verla antes de leerlo, no sea que me spoilees xD

  2. Cdo vi el primer anuncio en el cine pensé en ti, cómo no hacerlo dp de haber pasado navidades enteras buscando sus pelis… ahora, dp de leer tu crítica, le acabo de decir a David q tenemos q ir a verla.

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