La máscara de la muerte roja con reducción de Hop-Frog

Ayer me apetecía algo con sabor a clásico, que me convidara a mirar la pantalla dispuesto a prescindir de efectos especiales, grandes sobresaltos y argumentos enrevesados y muchas veces cojos. Por eso, opté por elegir una de las tantas adaptaciones de relatos de Poe al celuloide que existen. El de Boston es uno de los autores cuyos relatos más se han llevado a la gran pantalla, a veces con acierto y otras con mediocridad (recordemos El cuervo con John Cusack interpretando al propio Poe), aunque hay excepciones, como la genialidad de Extraordinary Tales de Raúl García Sanz, de una calidad demoledora. Por otro lado, no deja de resultar curioso que un personaje y una personalidad como la de Poe no hayan sido objeto de un buen biopic, de una gran producción, teniendo en cuenta que en Estados Unidos es de lectura obligada desde los últimos cursos de primaria.

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Así que, busqué y le di al play a La máscara de la muerte roja (1964), la adaptación de Roger Corman (que se especializó en llevar a la pantalla otras historias de Poe, con más o menos calidad y fidelidad). En el caso que nos ocupa, se inventó una adaptación doble, como algunos habréis podido deducir por el título de la entrada, ya que en La máscara de la muerte roja Corman funde en un solo relato audiovisual los cuentos «La máscara de la muerte roja» y «Hop-Frog», sin duda, una de mis narraciones favoritas del atormentado norteamericano.

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En un primer momento, el experimento puede echarte hacia atrás si eres un fanático de la obra de Poe, pero cuando comienzas a verla, y ves la naturalidad con la que los personajes se funden, solo puedes aplaudir la idea de Corman, ya que, a pesar de que los relatos literarios por separado son mucho más deliciosos y cada uno adquiere su propio significado y sentido, al verlos en la pantalla no puedes dejar de pensar en la homogeneidad con la que Poe dotó a su obra, y que a un gran seguidor de la misma como Corman, no se le escapó. Gran trabajo, sin duda, el de los guionistas Charles Beaumont y R. Wright Campbell que supieron encajar los dos relatos de manera tan simbiótica que alguien que no conozca los cuentos de Poe será incapaz de percatarse de que la película se basa en dos historias diferentes.

No menos reseñable es el trabajo de vestuario y de decoración, que, en su época, constituía todo un gran esfuerzo logístico por alcanzar un súmmum recreativo. De este modo, el ambiente maldito y decadente del relato de Poe en «La máscara de la muerte roja», en el que una extraña peste asola un pequeño reino imaginario, no pierde un ápice de su fidelidad a lo lúgubre y dramático, del mismo modo que el profético cromatismo con el que Edgardo (como le llamaba Emilio Carrere) imprimió a su cuento queda recogido en la obra cinematográfica de un modo sublime.

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Respecto a la parte de Hop-Frog, el papel de Skip Martin, que interpretó al maltratado, dolido y deliciosamente vengativo bufón enano, no podría estar mejor afrontado, sin alardes histriónicos y centrándose en exclusivo en la física esperpéntica de su personaje. Aunque para destacar actuaciones la del gran Vincent Price, actor fetiche de Corman para las películas basadas en relatos de Poe, y que dota a la película de la altanería y el sentido nobiliario que necesita, sin perder el deje tragicómico.

Aunque pierde la inusual denuncia políticosocial con la que Poe tiñó a «La máscara de la muerte roja», la adaptación de Corman es de obligado visionado para todo aficionado al género de terror y seguidor acérrimo de la obra de Edagar Alan Poe. Es asimismo recomendable para cualquier persona con gusto por lo vintage, tan de moda en los últimos tiempos, aunque el número de los ocho orangutanes tenga poco de ese estúpido sentido estético…

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