Racismo y superficialidad

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La duda me atacó a mí y a mi novia durante poco tiempo. Tampoco íbamos al cine motu propio, sino que dado que unos colegas iban a ver Interstellar y nosotros ya la habíamos visto decidimos acompañarles. Las opciones se reducían a la estadounidense Exodus, la británica Trash. Ladrones de esperanza y la francesa Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? Visto que la historia de Exodus nos la habían contado en Los diez mandamientos y El príncipe de Egipto, y que mi pava ni siquiera valoró la opción de Trash. Ladrones de esperanza (que a mí me atraía bastante), la cosa se decantó pronto por el lado gabacho. Y la experiencia, aunque con matices, no fue mala, en absoluto, sino bastante agradable.

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Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? es una comedia, hasta se podría decir que familiar, cuya máxima pretensión es satirizar un único tema, perenne en la Francia de los inmigrantes de tercera generación: el racismo. El pero a la película es que esto se hace de una manera un tanto superficial; es un ejercicio antirracista loable, pero no trasciende, por ejemplo, a profundizar en las razones por las que los índices de pobreza infantil más escalofriantes y sobrecogedoras se encuentran en países no blancos y/u occidentales, por mucho que con la crisis aquí se hayan vuelto alarmantes.

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La cinta de Philippe de Chauveron, escrita por el mismo y Guy Laurent, no desdeña el uso del humor estereotipado al caso, y lo que debería ser (aunque según los gustos) una realidad en su contra termina por convertirse en su mejor arma y en la razón de las risas, también al caso. El guion es previsible, aunque elegante y bien hilvanado, y De Chauveron logra mantener el ritmo narrativo interesante durante su hora y media de duración, aunque sobrepasada la hora existe un bache, una especie de hoyo temporal, que te puede provocar un bostezo. Eso y que a veces recuerda, en la fórmula, a Ocho apellidos vascos.

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También, se da un tipo de fetichismo innecesario por alguno de los personajes; innecesario porque no se trata de despuntar algunos protagonistas sino de mantenerlos todos al mismo nivel: da la impresión de que según se iba avanzando en el rodaje, el director se percató de que tales personajes (el judío, la hermana pintora) hicieran más gracia que el resto y decidió que tuvieran más minutos delante de la cámara, aunque fuera comiendo… Los muebles los salva un buen casting y unas consecuentes buenas actuaciones; buenas y nada más, salvo la de Christian Clavier y Chantal Lauby, verdaderos protagonistas de la película que brillan con una luz muy propia y se erigen en la resistencia conservadora que progresa.

El mayor acierto del filme es su rotunda negativa a caer en la simple, estúpida y falsa creencia de que el racismo es solo cosa de blancos. Es una manera de enfrentarte a tantas buenas maneras y tanto rodeo superficial en torno a un tema que probablemente nunca se resolverá por completo.

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