La señal y la contumacia indie

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La señal, de William Eubank (creo que debe haber cinco películas con el mismo nombre) es una buena obra. Valga la frugalidad de esta primera frase para hacerse una idea en una sola imagen. Lleva el sello de identidad del cine independiente, que casi comienza a visualizarse como un estigma. Los planos reflexivos, las imágenes sin diálogo con música que invita, asimismo, a la observación, y con un plantel de actores casi desconocido. Ahora bien, La señal no es Primer, ni en presupuesto (la de Shane Carruth se rodó con 6000 dólares, y para esta se contó con un presupuesto de menos de 4 millones, que se considera bajo), ni tampoco en genialidad, lo que no es óbice para minusvalorarla. Además, cuenta con la aparición estelar de Laurence Fishburne.

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La cinta americana despierta pronto el interés, principalmente por sus imágenes arrebatadoras, una labor en la fotografía que invita a detener la reproducción y apreciarla con detenimiento en ciertos pasajes. No menos importante es lo atractivo de su argumento: unos hackers que estudian en el MIT y a los que otro hacker (Nomad) ha metido en algunos problemas, deciden ir en su busca, simplemente para conocerle, cuando por casualidad detectan que están cerca de él en un viaje a través del suroeste de los Estados Unidos. Pero pronto comienzan a llover los sabrosos ingredientes de un guión que no a todo el mundo gustarán por igual: como la piña o el pimiento en una pizza…

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El género de La señal es el thriller de ciencia ficción. A secas. Es cierto que posee dos momentos muy concretos que lo acercan al terror, pero se entiende más como una licencia estética y narrativa que como un síntoma de identidad. Y por esos derroteros del thriller de ciencia ficción comienza a moverse el filme a partir de su segundo acto. El guión logra mantener tu interés explosivamente activo, y serás incapaz de no preguntarte cada cierto tiempo qué cojones es lo que está sucediendo. El tono misterioso, de crujido extrañamiento, reverbera continuamente en tu atención. El problema es que muchas veces trata de moverse entre lo humano y lo divino, y cuando se resuelve el conflicto principal (con, todo hay que decirlo, un truco ya muy visto) tu interés ha quedado horadado.

Sí, La señal levanta ciertas expectativas que no se cumplen; y las sinergias con el espectador se resienten en ese sentido. Amén de que la plantilla indie innova, cosa rara, y permite que se le añada una guarnición hollywoodiense en forma de un montaje que hacia el final del metraje se siente más cómodo como espectáculo visual que como calibrador del suspense. Los efectos especiales son preciosos, precisos y no previstos, por ello desentonan en una película que aunque sabe muy bien quién es, a veces no logra expresarlo de forma clara y concisa.

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Yo la disfruté y me gustó, aunque me hiciera promesas que luego quedaron en saco roto; promesas que resultaban maravillosas, porque le añadían un halo de idiosincrasia, pero que al final resultaron ser solo promesas incumplidas. Es esa pequeña decepción la que te obliga a reconocer su mediocre buena y simple calidad cuando los créditos finales invaden la pantalla. No obstante, William Eubank merece que se le siga de cerca.

 

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