La serie Scream

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Hay cosas que uno tiene que ver y escuchar. Cosas que por su naturaleza, aunque esta sea poco artística o dada a la reflexión, se vuelven atractivas vete tú a saber por qué. La serie Scream, producida por la MTV sobre la famosa saga del ya difunto Wes Craven (que hizo de productor ejecutivo) revival del slaher en plenos años noventa del siglo pasado, es una de ellas. Os lo diré de una manera simple y llana que todo hijo de vecino o de perro entenderá: la serie es tan mala que mola. Es un ejemplo perfecto de sobreproducción y cultura kitsch a partes iguales, como no podía ser de otra manera para algo que lleva el sello de la televisión de la música. Pero, bueno, vamos por partes…

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La serie Scream, como digo, posee una tan clamorosa falta de sentido artístico, en la forma más pedante que esta expresión pueda adoptar, que acaba por gustar, y hasta por enganchar. Pero ¿qué es lo que está mal? ¿La escenografía, la iluminación, el sonido, los actores y actrices? Realmente no: los aspectos técnicos están muy bien cuidados, que al fin y al cabo es MTV. Es decir, la fotografía no es arrebatadora, ni mucho menos, pero la imagen de la serie, la puesta en marcha de esta primera temporada, es de espectáculo puro y conocido: nada de innovación pero concisión y resultado atractivo para el ojo y el oído humano a base de clichés de la comunicación audiovisual —Michael Bay style, bitch!— y referencias pop continuas, la mayoría muy acertadas (The Babadook, Pulp Fiction, Ted Bundy o videojuegos de terror). Eso sí, algunos planos elegidos para el montaje te arrancarán una sonrisa, cuando no un partimiento de culo; ejemplo: el primer plano de un retrete en un momento de tensión.

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A grandes rasgos, en la serie Scream lo hórrido es el guión y los diálogos, muchas veces, precisamente, lo que acaba por determinar la calidad artística de un producto de pantalla grande o pequeña. La historia en sí misma es un pastiche de iconos slasher, como Michael Myers y Jason Vorhees, mezclado con el cosmos de la saga Scream, con las llamadas, las amenazas, y el acoso y la extorsión, solo que en versión 2.0 nativa y situadas en el pueblo ficticio de Lakewood. Después están los personajes, a cada cual más perdido de la mano de su guionista, individualidades que pululan y van cayendo, literalmente, bajo el cuchillo del asesino. Comienza así en la serie Scream una especie de juego con el espectador a lo Cluedo que se convertirá en el auténtico letmotiv de la serie y principal motivo para seguir prestando atención. Aspecto, este último, junto con las referencias a otras producciones audiovisuales o hechos, que la une con la saga de Woodsboro. Bueno, eso y la máscara del asesino, que en la serie produce más pavor que la original.

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Y llegamos al plato fuerte: los desternillantes diálogos de la serie Scream. Y digo que son tronchantes porque lo son: imposible no reírte a carcajadas con alguna de las ocurrencias, reflexiones o afirmaciones que los guionistas ponen en boca de los personajes. Por ejemplo, después de que uno de los personajes le enseñe a una de las chicas un vídeo en el que su padre sale arrastrando un cadáver le suelta a esta: «No te obsesiones con el vídeo, seguro que no es nada». KO brutal. Pero hay más. En otro momento, una de las chicas se hunde emocionalmente ante su amiga, aduciendo que nadie debería morir y que, agarraos bien las gónadas, «Este rimel no debería correrse».

Y todo esto, cuando acaba la primera temporada, produce en ti el efecto de querer ver ya la segunda. Quizás toda la cutrez sea buscada con conciencia, o puede que esté cargada de mensajes subliminales que controlan tu mente, no obstante el mantra de «No sé si reír o llorar» consigue que te mantengas a la espera, aunque en un nivel de puro entretenimiento.

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