La última llamada: pedazo de mojón

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Me tiré un buen rato para elegir película, y al final me decanté (maldita la hora) por The Call (La última llamada en España, de 2013), dirigida por Brad Anderson, a quien le debemos la dirección de El maquinista o Sesión 9 (cintas a años luz de la que hoy nos ocupa) y que también ha trabajado en series como Fringe, The Wire o Treme. Truñaco del bueno La última llamada, del muy bueno, no os voy a engañar: pestilente y pringoso Aunque seguro que hay algún impávido al que puede llegar a gustarle, a mí el visionado me resultó bastante patético.

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El arranque de La última llamada tiene cierto atractivo (de ahí que picara), pues el argumento nos pone en la piel de Jordan (Halle Berry), una trabajadora del 911, el número de emergencias de la ciudad de Los Ángeles. Allí se enfrenta a todo tipo de sucesos desagradables y sumamente estresantes, como el que una chica sea secuestrada mientras ella lo escucha y posteriormente encontrada muerta. Esto produce un gran impacto en Jordan, que deja de atender llamadas y se encarga de formar a los recién llegados, hasta que una chica vuelve a llamar porque también la han secuestrado, en lo que parece ser La última llamada de ella.

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Este es el puto de partida de La última llamada, una cinta a la que solo la pasta gansa gastada en la producción distingue de los telefilmes de sobremesa basados en hechos reales con los que nos suele torturar Antena 3 los fines de semana. Así, La última llamada consigue un resultado estético agradable a la vista y unas buenas maneras ejemplificadas en buenos desempeños profesionales y actuaciones justas, como la de Hale Berry; justas lo suficiente para no apagar la tele, pero todo un ejercicio de simplicidad expresiva, lleno de exageraciones que desbocan el tono dramático. La historia de La última llamada es insulsa y hace todo lo posible porque pierdas interés en ella, y lo poco original que tiene acaba por olvidarse, centrándose la narración en los clichés más manidos del mal thriller una y otra vez (personaje que se autoflagela emocionalmente por un error en el pasado, asesino que en realidad es un ciudadano ejemplar, un lugar alejado y oscuro donde llevar a cabo sus fechorías, etc.; aparte de que he visto capítulos de Pocoyó con más tensión). Además, tanto paseo en coche y helicóptero, y tanta conversación telefónica acaba por marear y provocar náuseas. Porque La última llamada es todo una náusea.

Si a ello le sumamos un guion sorprendentemente inmaduro que exhibe La última llamada, en el que los personajes y las situaciones se imponen al escritor y hacen lo que les viene en gana, tenemos la excusa perfecta para no perder nuestro valioso tiempo en ver una película que no aporta nada al cine. Sí, ya sé que no es la única, pero es que el final de esta es un despiporre del carajo, una de las ofensas más grandes que recuerdo al sentido común. Un auténtico bodrio, con mayúsculas, por lo menos vamos a concederle esa distinción.

 

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