Emilio Bueso: eones contemporáneos

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Si eres seguidor de la literatura de género fantástico (ese cajón de sastre que incluye el terror, la ciencia ficción, el misterio…) y el nombre de Emilio Bueso te suena tanto como el del rey de Bután, pueden haber pasado dos cosas: que no fueses tan seguidor del género como pensabas o que los últimos siete años hayas estado con la cabeza metida en el culo y no en un libro. Porque en estos últimos siete años Emilio Bueso ha escrito cinco novelas, cada cual de un palo, pero siempre con el terror, con lo escabroso, con la ciencia ficción y lo fantasmagórico de fondo, a veces todo mezclado a la vez con un estilo homogéneo y no como un degenerado pastiche. Posmodernismo nuclear con vampirismo romántico, una distopía muy cercana, road novel… y este año ha llegado Extraños eones, publicada por Valdemar en su nueva colección de narrativa contemporánea Insomnia, donde se ha metido en los mitos de Cthulhu del beatificado Howard Phillips Lovecraft.

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Emilio Bueso se ha adentrado en los mitos de Cthulhu, y de qué manera. Voy a tratar de ser ecuánime. A mí Lovecraft nunca me ha llamado especialmente la atención, y aunque son muchos los que se me echan encima cuando lo digo para mí está por detrás de Poe y Machen, entre otros. Tengo una recopilación de algunos de sus cuentos en inglés a la que apenas he echado el ojo; aunque sí he leído lo que mis amigos lovecraftnómanos me han recomendado como lo mejor del de Providence, caso de «En las montañas de la locura» o «La llamada de Cthulhu», y poco más. Me parece que Lovecraft ha tenido una de las imaginaciones más prodigiosas que han existido, pero el tío, como novelista, como narrador, era horrendo: hay pasajes de «En las montañas de la locura» que parecen un tratado de arquitectura, por ejemplo; eso sin hablar de su nula capacidad para los diálogos.

Por eso compré Extraños eones con cierta desconfianza, pero me costó un capítulo comprobar lo equivocado que estaba. Porque Emilio Bueso se ha metido en Cthulhu siendo Emilio Bueso y no tratando de ser Lovecraft. Donde Lovecraft ponía personajes esquivos, uraños, que siempre eran profesores de universidad, investigadores o similares que parecen asexuales, Bueso coloca a un grupo de niños de la calle de El Cairo que viven en El’ Arafa, la llamada Ciudad de los Muertos, todo un pueblo-cementerio. Niños de los que mangan en los mercados a los turistas y de los que aspiran los vapores del pegamento de una bolsa o chupan pollas a tíos mayores por unas monedas. Niños que tendrán que hacer frente a una conspiración que quiere raptarlos a ellos y unos cuantos miles más, y no precisamente para darlos en adopción. Emilio Bueso no renuncia a su identidad y deja ver su cara más brillante de cronista social, como también lo ha hecho en otras de sus novelas y como hacía otro de los grandes (para mí mejor que Lovecraft también): Robert Bloch.

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En lo literario sigue con su lenguaje directo, pertinentemente coloquial (solo Emilio Bueso es capaz de meter la palabra pedo en un momento de tensión sin que te cagues en sus muertos), con un ritmo endiablado y con la inventiva en el manejo de las palabras que en esta su última obra es en ocasiones puntuales deliciosamente parafrástica («Se levanta hecho una mañana, todas las mierdas»). Todo esto, al igual que sus afilados símiles y sus punzantes metáforas se ponen al servicio de una historia repleta de oscuridad y posmoderna en lo cronológico, ya que supera la contemporaneidad, aún a pesar de que es una cáustica visión de un aspecto concreto de la sociedad contemporánea globalizada (el último capítulo «El Rock ‘n’ Roll de la concupiscencia humana» es un delicioso y clarividente manifiesto en este sentido). Es, asimismo, una tierna, aunque cruelmente cercenada, historia de amistad, de lo que significan los amigos aún en las situaciones más humanamente despreciables.

En Extraños eones, como se ha dicho, hay oscuridad primigenia, mucha, inquietante; y personajes oscuros, muchos, e inquietadores, monstruos o no.  Pero también hay magia, hay surrealismo, hay aventura, hay crítica y denuncia, hay alucinaciones, hechos inexplicables que no se explicarán, porque será tu imaginación la que tenga que ponerse a trabajar para darles sentido. También, y este es uno de los aspectos que más me gustan de la pluma de Emilio Bueso, hay un fino sentido negrísimo del humor que a muchos de sus lectores pasa desapercibido (o tal vez todo sea una paja mental mía, que todo puede ser).

En definitiva, si os echaba para atrás lo de Lovecraft, olvidaos de ello, e imaginaos que este era un buen narrador, que sabía contar historias sin provocar algún que otro bostezo, que escribía para que desearás salir de trabajar y leer sus historias. Porque ese Lovecraft se llama Emilio Bueso, y ha hecho una contribución memorable a los mitos de Cthulhu, muy por encima de algunos de los relamidos anglosajones que no ven más allá de sus lechosas narices. Benipé, su pandilla y «casi siete mil niños cantando en voz baja» os esperan con los brazos abiertos.

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