Algernon Blackwood y la naturaleza gótica

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Poca narrativa me hace sentir miedo per se, es decir, que lo esté leyendo de noche y, por ejemplo, me piense dos veces levantarme de la cama y cruzar la casa a oscuras; ni literaria ni cinematográfica. Poca, poquísima, algo que, algunos videojuegos consiguen más facilmente. Ojo, que me apasiona la literatura de terror, de horror, fantástica, extraña…, pero esa sensación de asustarte, bien ante lo observable bien ante lo que provoca una reflexión, lo consiguen muy pocos; y ninguno escribe sobre zombis…

Uno de ellos es Algernon Blackwood (1869-1951), que ya lo consiguió con El wendigo y lo volvió a hacer con Los sauces, de la que os voy a hablar un poco. Una novela corta que para Lovecraft representaba una de las mejores de la historia, cuando no la mejor, en cuanto al género del canguelo se refiere. Dos amigos se encuentran de viaje ocioso por el Danubio, navegándolo, y deciden hacer un alto en un punto que se encuentra «después de dejar Viena y mucho antes de llegar a Budapest», suponemos que aún en territorio austriaco. La nubilosa y excéntrica belleza de esa zona pantanosa, Sumpfe o marjales, les empuja a acampar en uno de los islotes que sobreviven en el cauce del río, aun a riesgo de que el cauce suba en cualquier momento. Y, como el título indica, rodeados de ese árbol que se asemeja a una criatura primigenia, perdida en las uñas que el tiempo jamás se ha cortado.

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A partir de aquí, Algernon Blackwood teje un relato inquietante, misterioso, pagano y, por si fuera poco, aterrador. Amén de su magistral lenguaje, el ritmo de la acción, la voz del narrador —me imagino al propio Algernon Blackwood contándome la historia cerca de una chimenea— y una atmósfera deglutoria te arrastran a las profundidades exteriores de una naturaleza apabullante, apabullante en la época de Blackwood, cuando ya la ciencia moderna existía en todo su rigor, y ahora, cuando los fenómenos que la ciencia no ha desentrañado se cuentan con los dedos de las manos. El ser humano frente a la naturaleza, una naturaleza que, aun destripada, espoileada, sigue resultando tenebrosa en una oscuridad solo soliviantada por una fogata o la débil y esquiva luz de la luna.

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Sabes que por las ramas de ese árbol circula savia, que es la que le da la vida, y que esa savia depende del sol y del agua, alimento inexcusable del Reino Vegetal. Y sabes que el viento es el que mueve sus ramas, esas ramas llenas de hojas tristes que miran hacia abajo —como en el caso de los sauces—, pero en mitad de la noche, no puedes evitar resultar atemorizado si parecen formar brazos, moverse como algo parecido a una persona o, peor, como un ser sibilino y primitivo que descansa en el corazón del bosque y remanece ante el estímulo que le provoca tu presencia.

Eso encuentras en Los sauces que es, ante todo, una alegato en favor de la insignificancia humana frente al poder (macroscópico o microscópicco) de la naturaleza, porque «Cuando objetos comunes se transforman de esta manera, cargándose de sugerencias horrendas, estimulan la imaginación mucho más que las cosas de apariencia inusual». Lo dijo Algernon Blackwood.

 

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