Las confesiones de José Amedo

En un capítulo de Expediente X, llamado «Reflexiones de un fumador», el siniestro personaje de la serie reconocía ser el mismo asesino de Kennedy, entre otras grandes tropelías organizadas desde el Estado. En un sentido parecido el libro de José Amedo, Cal viva, cumple una función similar, aunque esto no es ciencia ficción; ni siquiera simple ficción, pues lo que cuenta el exsubcomisario jefe del Grupo de Información de la Brigada Regional de Vizcaya es una realidad histórica que ocurrió en España, más o menos, entre 1983 y 1987, cuando los de mi generación contábamos con unos pocos añitos.

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Y lo que ocurrió fue uno de los casos más sonados, sanguinarios y viles de terrorismo de Estado de la historia mundial: la creación y acción de los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación), una banda terrorista organizada por el Estado español socialista de Felipe González y financiado con dinero público. Desconozco si la La Esfera de los Libros, la editorial que lo ha publicado, ha contratado a un negro para que le escriba el libro al que un día se encargó de reclutar mercenarios franceses para que pusieran bombas, dispararan y asesinaran a etarras en el País Vasco francés o para que se secuestraran a Segundo Marey, pero la realidad es que si el tema te interesa engancha desde un principio y se lee de maravilla. A través de sus páginas, Amedo, cansado de comerse el solo todo el marrón no se calla nada, y no tiene ningún inconveniente en señalar a cargos políticos, jueces, policías españoles o franceses, guardias civiles o delincuentes comunes que formaron parte de este entramado terrorista.

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Pese a que resulte paradójico, hombres como Amedo —o un ejemplo más actual: el propio Bárcenas—, aunque sus intenciones no tienen nada de altruistas, hacen avanzar la democracia. Con su libro, Amedo deja al descubierto las cloacas del Estado; unas cloacas en las que no solo habitan personajes oscuros y abyectos, sino que es la misma morada de ministros, gobernadores civiles, comisarios y demás miembros de la alta jerarquía estatal, no menos inicuos. No deja de resultar sobrecogedor leer cómo Amedo cuenta con total naturalidad cómo maletines cargados con millones de pesetas o de francos salían de los fondos reservados y llegaban a las manos de mercenarios franceses (policías o hampones marselleses) que «cosieron literalmente a balazos» a cuatro etarras que se encontraban en el bar del hotel Monbar de Bayona (atentado al que Kortatu dedicó una canción). O leer, del mismo modo, los intereses periodísticos y judiciales (esa otra cara de Garzón que nadie quiere ver) que entraban en juego, la ya indudable identificación de la X que coronaba el organigrama de los GAL con Felipe González o, incluso, que el mismo monarca, Juan Carlos I de España, tenía conocimiento de ello, aunque esto último solo lo insinúa. Saber que cosas así ocurren son necesarias para tenerlas en cuenta y no caer en el embobamiento democrático-pacificista-legalista de que el Estado es el mayor garante ético y moral que existe.

Sé que mucha gente ve la guerra sucia contra ETA, a los GAL, como algo «con dos cojones», algo que contestaba a la violencia con violencia; una especie de autodefensa. Pero a mí, personalmente, pensar que los mismos que me gobiernan son capaces de organizar batallones de la muerte, secuestros y atentados, y encima con dinero de los contribuyentes, me estremece, me acojona; me hace pensar que cualquier día, si soy una molestia para ellos, me harán desaparecer. Y eso no mola un cacho.

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