Mi gran noche: la tele huele mal

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Álex de la Iglesia es un gran director; quizás uno de los mejores de la actualidad y uno de los mejores que ha tenido España. Posee un estilo muy marcado, una gran imaginación y una infecciosa pasión por el humor negro, lo fantástico y la acción. Todo ello queda demostrado en Mi gran noche, su última cinta —que no sé (porque los entresijos de la industria del celuloide son inescrutables) si sacó inspiración de un corto muy anterior dirigido por Dains, y no solo por el título, sino por lo que podéis ver aquí— en la que vuelve a brillar como en sus mejores películas (La comunidad, El día de la bestia, Crimen ferpecto), pero que también dejan al aire libre algunas de sus parafilias y sus carencias como narrador y escritor.

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Mi gran noche es divertida; mucho, pese a lo que os pueda contar Carlos Boyero. Álex de la Iglesia sabe muy bien lo que quiere contar y cómo lo quiere contar: con unas imágenes cargadas de sarcasmo y de violencia (no solo física), símbolo nada sutil que encierra una machacante crítica al mundo televisivo: a sus modos, a sus estrellas, a su ambiente laboral, a su espíritu irremediablemente artificial… En ello le acompaña un casting que quita el hipo, quizás de los mejores que haya tenido en una de sus cintas (con permiso del eterno Álex Angulo), salvo el histrión principal: Raphael. El cantante, aunque tienen momentos de fulgor, destaca en Mi gran noche, pero no precisamente por sus grandes dotes para la interpretación, sino, más bien por todo lo contrario. Rodeado de grandes actores, desde los principales a los secundarios y terciarios, su trabajo canta, o se cantea, mejor dicho, por mucho que se intente insuflarle la naturaleza que habitualmente muestra el cantante. Vamos que hace de él mismo sin esforzarse mucho. Mención aparte, en cuanto a los actores y actrices, merece Mario Casas, que sublima su papel de cantante tontorrón (muy a lo Bisbal), tal vez porque sea para lo que la genética mejor le ha dotado: ser tonto.

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Como os decía, Mi gran noche me ha gustado mucho, y me ha reconciliado con Álex de la Iglesia, aunque sus taras, como también os comentaba, sigan presentes. ¿Cuáles? Pues una resolución del guión que siempre pasa por armar la marimorena, quizás su sello personal, pero que ya empieza a ser muy previsible: se centra más en la explosión estética (brillante, por otro lado) que en la congruencia narrativa, y ya la solidez de los personajes no importa demasiado, toda vez que, aunque su intrahistoria se cierre de manera coherente, se han convertido en mero atrezzo, como un foco de luz, una parte inerte de Mi gran noche.

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Mención aparte merece, en Mi gran noche, otro de los fetiches del director bilbaíno, que aparece como un exabrupto en la gran mayoría de sus películas: las alturas; las caídas desde alturas. Desconozco si Álex de la Iglesia se cayó de pequeño de un tobogán o es algo más profundo que un psicoanalista podría ayudarle a desenredar, pero también empieza a ser muy previsible que el boom final de su traca termine con alguien cayendo de algo que está más alto de lo normal. Eso y su manía por liarse él mismo en el maremágnum de sus personajes, característica que, en este caso, dota a Mi gran noche de un mayor atractivo. Un perspectivismo que ahonda en el pútrido mundo de la televisión. Si os gusta el mejor De la Iglesia no os defraudará, pero que sepáis que sigue siendo el mismo de siempre, para lo bueno y para lo malo.

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