Never Alone: etnovideojuego documental

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Never Alone es una maravilla, tal vez no como producto, pero sí como obra audiovisual. Ciertamente es de agradecer que muchos desarrolladores, productores y directores, muchos creadores de estas obras de arte que son los videojuegos, traten de ampliar los horizontes estéticos y de valor de los mismos. Es decir, a todos nos gusta divertirnos con los videojuegos: el aspecto lúdico es intrínseco, idiosincrásico e ineludible, pero esto puede enfocarse desde distintas perspectivas: desde una manera compulsiva (a lo arcade, títulos deportivos o shooters) hasta una que exija más contemplación. Cierto que los troles, que seguramente son los mismos trogloditas del Gamergate, todo esto no lo consideran videojuego, y se enrocan en su pueril actitud de afirmar que un hardcore gamer es aquel que se compra una videoconsola o un ordenador para jugar online solo a Call of Duty, League of Legends y similares.

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Por suerte, esta actitud de verdulera no afecta a la evolución de este arte, y los verdaderos hardcore gamers (los que jugamos a todo) nos emocionamos por que sigan apareciendo títulos como Never Alone. Como decía, Never Alone es una auténtica delicia, aunque posee sus fallos; fallos que obedecen más a la intención de su publicación que a sus defectos como videojuego. Estos se identifican rápidamente: corto, muy corto, y ciertos bugs que pueden desorientar al jugador o jugadora. En este sentido, hay que señalar que Never Alone (también conocido como Kisima Inŋitchuŋa) ha sido desarrollado por Upper One Games y el apoyo y la asesoría del Consejo Tribal de Cook Inlet, una organización que vela por el bienestar de los grupos indígenas inuit que viven en Alaska. Con esto en mente, Never Alone se muestra como un esfuerzo por preservar la cultura indígena inuit y, más en concreto, la del grupo de los iñupiaq. Una propuesta verdaderamente loable.

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Pero además, Never Alone es divertido, y mágico, y atractivo. Su planteamiento en cuanto a género lo incluye en el de los puzles y plataformas, al estilo de clásicos como Another World y obras posteriores de la misma escuela como Oddworld: Abbe’s Oddysee y su primera secuela o Heart of Darkness. El componente etnográfico de Never Alone es total, ya que nos narra un mito de la cultura iñupiaq, el de la niña y el zorro, una historia oral que se ha trasmitido de generación en generación a través de los siglos y, mucho más importante, ha sobrevivido y no se ha olvidado. Ahora, además, ha quedado inmortalizado digitalmente en Never Alone.

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Un componente etnográfico, antropológico, que se incrementa con los vídeos en los que individuos iñupiaq narran sus experiencias vitales, sus recuerdos y nos transmiten su preocupación por por el acuciante deshielo. Vídeos que aparecen sucesivamente tras completar cada fase o que el propio jugador deberá buscar y que componen un auténtico documental que, cinematográficamente, posee una fotografía espectacular.

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La mejor manera de disfrutar de Never Alone es jugando (y aprendiendo) a dobles, que se decía antes. Yo lo hice con mi novia, y la experiencia fue verdaderamente especial. El principal problema, como decía más arriba, es que se hace muy corto, apenas llega a las cuatro horas de duración. También, salvo momentos puntuales, es sencillo, lo cual es un acierto, ya que lo hace accesible a todo tipo de público (niños, jóvenes y adultos) que serán quienes procesen la valiosa información en forma de historia y existencia que Never Alone transmite. Sencillo, pero os aseguro que en más de una ocasión os matarán, y en otras tantas deberás analizar y pensar los pasos a seguir junto a vuestro compañero o compañera de juego, ya que el sistema de juego de Never Alone para dos jugadores es simbiótico —como lo es la cosmovisión de los iñupiaq, que no se entienden a ellos mismo sin la naturaleza que les rodea—, y exige cooperación absoluta para poder avanzar y superar los obstáculos.

La calma, la magia, el afecto y el amor que nos brinda Never Alone lo hacen un videojuego verdaderamente distinto, y lo convierten en un ejemplo a seguir. ¿Os imagináis lo que se podría hacer con otras tantas culturas amenazadas, con tantas personas y otras especies animales que viven bajo un peligro constante, con tantas causas que el progreso (industrial y económico) quiere soterradas?

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