Patria: las dos lecturas posibles

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Si fuera posible leer Patria, de Fernando Aramburu, como lo que es, una novela, quizás el autor no debería dar tantas explicaciones sobre su posible orientación ideológica. Pero la realidad es que tanto él como los medios y los lectores han hecho todo cuanto estaba en su mano para que se lea como un ensayo, o peor, como un manifiesto contra ETA y la izquierda abertzale. Al fin y al cabo es harto difícil para un español desvincularse del dolor y el horror producido por la banda terrorista, casi tanto como a un nacionalista vasco lo es olvidar las torturas y las acusaciones de terrorismo para casi toda acción (política, intelectual o informativa) que sea abertzale.

Por todo ello, uno se ve obligado a diferenciar dos lecturas de Patria: una política/histórica/social y otra literaria.

En la primera lectura de Patria, Fernando Aramburu trata de ser todo lo imparcial y objetivo que puede, a lo que ayuda que lleve más de una veintena de años viviendo fuera de Euskadi. Lo más reseñable en este sentido es que Aramburu y Patria reconocen la tesis del conflicto vasco, no la aseveración (respaldada por la ley y el nacionalismo español) de que solo hay unas víctimas y unos verdugos. Ya sabemos quién se llevó la peor parte en lo cuantitativo, pero lo más estremecedor de Patria no es la recreación de un atentado, de un asesinato, sino la transmisión al lector del estado social de las víctimas, desemparadas ante el silencio de sus vecinos, ante el ataque en forma de pintada dolorosa que, toda vez muerta una persona, sigue atormentando su memoria y la de sus familias. Que con el asesinato no termine el sufrimiento, los ataques, es la prueba más fehaciente de la falta de piedad que rodeó al conflicto vasco.

Una falta de piedad, una crueldad y unas ansias de venganza que también lo fueron para el otro lado, para la izquierda abertzale y ETA (que si no te habías enterado aún, no son lo mismo, por mucho que el PP, la derecha española y los medios de comunicación traten de convencerte de lo contrario). Es aquí donde Patria flojea más en su acercamiento objetivo al conflicto. Sí, se recogen las torturas, a veces de manera explícita, y el sufrimiento social que secuestra a las familias de los presos de ETA y la izquierda abertzale, pero no se percibe una doctrinilla, una condena moral del narrador como cuando se muestran los crímenes de ETA. Eso por no hablar de que por el terrorismo de Estado de los GAL se pasa muy de puntillas. Y seamos claros: que las fuerzas del orden utilicen las torturas de manera sistemática es tan antidemocrático como ETA. Y que el Ministerio de Interior montara un grupo terrorista paramilitar de extrema derecha para combatir a ETA (aunque se llevaran por delante a gente solo supuestamente etarra) es una oda contra el estado de derecho que no ha sido lo suficientemente recordada. La cal viva y eso…

De manera que en esta lectura de Patria, asistimos a cierto juego asimétrico entre la representación de las víctimas de ETA y su entorno, y las víctimas del Estado español. Asimetría no necesariamente obra de Fernando Aramburu, sino latente en el seno de la sociedad española y de la vasca. Las primeras, a cambio de contar con el apoyo institucional y mediático sin concesiones, sufren una auténtica tortura social (¿pintar tumbas con mensajes amenazantes? Sí). Y por su parte, los segundos, demonizados ad nauseam, retienen un poder y apoyo social inquebrentable, muchas veces potenciado por la amenaza y la coacción.

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Esto en cuanto a lo contextual, pero ¿qué hay de lo literario? Si acometemos el extenuante ejercicio que supone acercarse a Patria como si fuéramos una tabla rasa, algo factible para un extranjero, nos encontramos con una novela notable tirando a sobresaliente. Lo más destacable es la clara intención de Aramburu de no utilizar una prosa ambiciosa, sino dejar descansar su pluma en lo simple. Eso y una muy bien pensada y ejecutada estructura, tanto en orden como en extensión: capítulos bien conectados y cortos, que infunden el deseo de seguir leyendo en el lector. Que la prosa no sea ambiciosa (abundan los «En ese plan»), no quiere decir que Aramburu no haga gala de toda una serie de recursos literarios y narrativos para escribir Patria. El estilo indirecto, la elipsis o la inquietante intercalación de voces y personas con la del narrador (¿quién habla ahora: la víctima, el asesino?) contribuyen sin duda a una lectura versátil y maratoniana.

Casi tanto como los personajes. Aunque en esto hay algunos casos que están de más, como Quique, el marido de Nerea, que no aporta absolutamente nada a la historia, a diferencia de Guillermo, el marido de Arantxa, que lo hace de una forma que revela mimo por construir lo contado. Sin duda, en cuanto a personajes me quedo con Arantxa, la hermana del etarra, que simboliza en sí misma la atrocidad que ha manifestado el conflicto vasco para todas las partes implicadas.

Es con los personajes con los que Aramburu, en Patria, trata de resolver los fogonazos de maniqueísmo en los que siempre ha rechazado caer. Frente a la cuasi nazi Miren, madre del etarra Joxe Mari, que se rasga las vestiduras ante la posibilidad de que su nieto lleve el apellido Hernández (recordemos que un jefe de ETA como «Thierry» se llamaba Javier López Peña), se muestra su marido, Joxian, piadoso y bonachón, que trata de rebelarse contra el doloroso silencio impuesto ante el dolor de esos vecinos, que un día fueron sus mejores amigos. Si hay algo que les sobra a los personajes de Patria es lo que cualquier novela debe contener: conflicto. Este sale a borbotones por sus páginas. Una realidad literaria que se expresa de distintas formas a lo largo de toda la novela, como en el siguiente extracto:

 

… Con los ojos cerrados, pensaba en lo útil que resultaría poder cerrar los oídos cuando a uno le diese la gana.

 

En fin, pensad y criticad lo que queráis, pero antes de ello leed Patria. No lo hagáis sin haberla acabado o de oídas. Ni siquiera aunque las primeras sesenta páginas os parezcan un coñazo porque solo es literatura si vosotros lo decís. Es una novela que solo por el interés que suscita el retrato que hace del conflicto vasco merece la pena leer. No es una obra maestra de la literatura, pero no es menos cierto que tampoco es un best seller sin más, sea por los motivos que sean.

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