Polaris o el abrazo de la ansiedad

Polaris es la primera novela que leo de Fernando Clemot, pero sin duda no será la última, ya que la obra publicada por Salto de Página me ha hecho interesarme por otras narraciones del autor de la ciudad condal, como El libro de las maravillas o El golfo de los poetas. He descubierto a un autor, sí, aunque de una manera extraña.

De una manera extraña porque Polaris no es una novela que entre por los ojos, en la primera frase o en el tan importante pacto con el lector. Es obvio, esto no le resta un milímetro de grosor a su calidad. Pero Polaris posee una estructura rígida, una identidad elíptica en muchos casos, y una prosa densa —a lo que contribuye, sin duda, la supresión de los diálogos—, características que no la hacen accesible, a ojo desnudo, al gran público (y cuando digo gran público me refiero a lectores de 50 Sombras de Grey o cualquier novela histórica que se haya tenido a bien publicar); lo cual es más un requiebro hacia la novela que un ataque a su innegable valor literario. Una densidad prosística que, por otro lado, no supone una rémora para una sorprendente soltura narrativa: Polaris te atrapa tanto como te molesta, lo cual parece un calculado mecanismo narrativo de Clemot para que no sueltes su novela hasta terminarla. Tintes conradianos, sí, pero también ecos melvillianos, y no solo por eso del mar, sino también por el simbolismo.

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Para gente que sufre de ansiedad, como yo, Polaris será como una terapia de grupo, porque este thriller gélido y psicológico expone como pocos la subjetividad que subyace a nuestras obsesiones, a nuestras angustias; a aquellas generadas por el pasado, y a aquellas que surgen sin causa aparente, que son, además, las más persistentes e incómodas. La coartada existencial del doctor Christian no le libra de que a sus emociones se le aprieten las tuercas hasta límites y realidades que es incapaz de prever. Irás leyendo, pasando página a página, y lo que en principio te resultaba molesto de repente pasará a envolverte; una atmósfera cargada de opresión, un novela gross ambient, donde los símbolos representan mucho más de lo que puedes llegar a pensar. Mención especial la Central y el ahoguío que produce su constante ausencia totalitaria.

Puede que sea únicamente por la extrema similitud de ambas palabras (o precisamente por eso), pero a mí Polaris me ha recordado mucho en cuanto a significado se refiere, a esa traducción filosófica que yo he querido ver, a Solaris de Stanislaw Lem. Tienen muchos puntos en común, más allá de las seis letras que ambos títulos comparten en idéntico orden. La soledad existencial del personaje, sus recuerdos, su situación, la vigilancia, la tensión, el envolvente malestar psicológico. A lo mejor veo tigres donde solo hay gatos, pero me suena a críptico homenaje que no lo es en absoluto.

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No lo voy a negar, todo sitio donde aparezcan la Segunda Guerra Mundial, nazis o alemanes —o soviéticos, que van a remplazar a los nazis como nuevos antagonistas de novelas en pos de la libertad— me cansa, y se podría haber escogido otro atrezzo histórico, pero en Polaris, por suerte, se reduce solo a eso, y Clemot nos libra de cualquier tipo de disquisición moral, y, por supuesto, de héroes anglosajones. Estremece más el pasado infantil-juvenil del protagonista que su accidentado paso por la guerra.

Con el calor que sufrimos este verano en España, no se me ocurre mejor manera para refrescarte. En serio, la capacidad de la novela de trasladarte a otras latitudes y situaciones es mágica. El frío y las paredes te abrazarán, y su resolución te estallará en la cara como un cóctel molotov. Prepárate para el cambio de temperatura.

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