Pontypool: virus léxico

Heterodoxia, anarquismo, independencia, incorrección política, cultura audiovisual, literatura,

Parece que los canadienses (también los europeos, no lo olvidemos) se están empeñando en mejorar un género que sus vecinos del sur han dejado un poco de lado, esto es: el terror. Si hoy mismo os comentaba Grave encounters, no podía dejar pasar la ocasión de hacer referencia también a Pontypool, película del país de la policía montada y del jarabe de arce del 2009, dirigida por Bruce McDonald y que es una adaptación de una novela —completamente desconocida para mí— de título Pontypool changes everything cuyo autor —no menos incógnito para mi persona— es Tony Burgess.

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El arranque es misterioso: un locutor de radio con aspecto de vaquero rebelde, Grant Mazzy, discute con su agente por no conseguirle un trabajo mejor, y mientras llega a la que será su nueva guarida radiofónica (donde presenta un programa diario matutino, de esos que dan los buenos días y actualidad) se encuentra con una misteriosa mujer que, en medio de la tormenta de nieve, intenta decir algo, aunque no se entiende muy bien el qué. (A ello debemos sumar el enigma del gato perdido.)

Tras comenzar el programa, no sin algunos problemas con su productora, Sidney Briar —que intenta contener  el ímpetu anticensor del locutor—, conectan con uno de los informadores del programa, Ken Loney, que les comunica que la consulta de un famoso doctor, el Dr. Mendez, está siendo asediada y asaltada por una multitud furiosa. A partir de aquí, comienzan las llamadas y las conexiones en directo, que hacen ver que lo que sucede es algo mucho más grave de lo que parecía en un principio, sobre todo cuando Ken comienza a transmitir en directo información más inquietante: las personas se están comiendo unas a otras, se decapitan, se cercenan y se mutilan; en concreto es testigo de la transformación de un niño.

Pronto descubrirán que lo que ocurre es que se ha producido el brote de un nuevo virus muy peculiar (es aquí donde descansa toda la originalidad de la cinta); una especie de virus léxico que afecta solo a determinadas palabras que, al pronunciarlas, desatan la aparición de los síntomas: lenguaje inconexo y robótico. Tras infectarse con el virus, los huéspedes se guían solo por su oído, persiguiendo a la persona o personas de las que escuchan palabras malditas; en inglés. Este es el punto más fuerte de Pontypool.

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Aquí, creo, hay un aspecto que se me escapa a comprender íntegramente y que tiene que ver con la vieja polémica canadiense entre anglófonos y francófonos, pues el virus solo afecta a las palabras en inglés, lengua oficial en Canadá, título que muchos canadienses, especialmente los quebequianos, desearían que también compartiera la lengua francesa, en la que tienen que hablar los protagonistas para no infectarse.

En cualquier caso, la alegoría de Pontypool clara: el hilo conductor de la radio, el protagonismo de las palabras infectadas, la censura… todo nos señala que debemos de ser muy cautos con lo que decimos, especialmente aquellas personas sobre las que recae la responsabilidad de informar, y que la libertad de expresión no debe ser nunca, bajo ningún motivo, coartada. La desinformación puede provocar muerte, ataques, sangre y destrucción, aunque durante la película, si bien lo escuchamos, apenas lo observamos.

Pontypool no es una obra maestra, pero rezuma originalidad y franqueza en su planteamiento. No obstante, tiene algunas lagunas, sobre todo en el guion, aunque técnicamente es bastante notable, y en cuanto a interpretaciones los actores resuelven sus papeles sin brusquedades ni desvaríos histriónicos, especialmente Stephen McHattie, que interpreta a Grant Mazzy.

El gran acierto de Pontypool es, sin duda, el de intentar renovar el tan manido tema de los virus que infectan a las personas para transformarlas en algo violento y asesino mientras conservan un cariz de lo más familiar y cotidiano, tanto como el que poseen los primates tan evolucionados con los que tenemos que interaccionar día sí y día también. No es una película de zombis, aunque probablemente la encontraréis catalogada de esta manera; y es que parece que cualquier virus que trastoque la conducta de la gente las tiene que transformar en zombis, aunque se trate de una gastrointeritis.

La disfrutaréis si sois aficionados al género, y da mucho para lo que reflexionar, especialmente sobre las palabras y la información. No lo olvidéis: cuidado con lo que decís y cuidado con lo que os calláis.

Postdata: Kill is Kiss.

 

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