Ready Player One: Spielberg lo ha conseguido

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El otro día, navegando por Twitter, me encontré con un tuit tan acertado como punzante de Isaac López Redondo, de Héroes de Papel, acerca de la crítica que Carlos Boyero había escrito sobre Ready Player One.

No es nueva la falta de objetividad del crítico de El País, de hecho estoy seguro de que todo lo hace por trolear, porque de cine sabe, y no solo del que venera —el clásico y el que pertenece a la denominada estúpidamente como alta cultura— pues ha escrito críticas muy entusiastas de La forma del agua y Del revés. De los videojuegos como disciplina artística opina peor, incluso, que Rogert Ebert. Así que no ha de causar sorpresa su opinión sobre Ready Player One.

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Pero ¿a quién le importa la opinión de un trol sexagenario que piensa que solo es cine lo que él dice? Junto a él, están también todos los sicofantes de la denominada, de forma antiantropológica, baja cultura, a la que supuestamente pertenece Ready Player One, tanto la novela como la película. Que les trate un buen alienista, que los demás estamos libres de su exceso de criterio como críticos, valga la redundancia.

Y ahí está Spielberg, demostrando una vez más por qué las películas de aventuras le deben tanto. Ready Player One no es su mejor película del género, pero sí ha conseguido realizar una de las mejores adaptaciones a la gran pantalla que recuerdo de una novela. Y por adaptación no entiendo que sea una trasposición audiovisual página por página del texto, sino una versión que respete el espíritu original.

En eso, el director de E.T. El extraterrestre y la saga de Indiana Jones, y productor de Los Goonies y la saga Regreso al Futuro, ha conseguido un golpe maestro. Tan maestro que ha introducido cambios tanto estructurales como de otro tipo sin que ello afecte al espíritu que guarda la novela. Un ejemplo. En la novela, tienen mucha importancia los flycksyncs, neologismo que se inventó Ernest Cline para definir una prueba en la que los gunters deben interpretar la escena de una película o serie, como Juegos de guerra. En la película no hay ni rastro, pero a cambio, los protagonistas se verán dentro de El resplandor de Stanley Kubrick para conseguir la segunda llave; de una tacada, Spielberg y los guionistas solucionan el problema, y, de paso, homenajean a Stanley Kubrick.

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Más importante parece la alternancia, casi 50 a 50, entre el mundo real y Oasis, algo que en la novela no era así, y esta discurría casi por entero en el juego. Esta apuesta de Spielberg funciona muy bien y, además, supone un cambio mayor respecto a la novela. No solo por hacer más presente la realidad de 2045, sino porque también el estadounidense ha apostado más por el aroma distópico que la novela perdía en su primer tercio (algo que ya señalé en mi crítica de la misma). Ahí está si no, la resistencia que lucha por liberar al mundo de IOI, algo que no aparece en el relato de Cline. Sigue siendo una película protagonizada por adolescentes, pero esto le hace perder el tufo a niño rata que desprendía la novela, así como el enrocamiento de Cline en su verborreica enumeración de referencias e influencias ochenteras. Y Spielberg, desde el liberalismo, no deja pasar la oportunidad de alertar sobre los peligros del capitalismo totalitario y corporativo.

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La verdad es que la mano y los ojos de Spielberg lo encumbran todo. Edición, sonido, efectos especiales… todo es de sobresaliente. El guion, escrito a dos manos entre Ernest Cline y Zack Penn, es también una adaptación genial, carece de brechas narrativas y está lleno de guiños y gags que harán las delicias de todos los videojugadores y nostálgicos de los ochenta culturales. ¿Las actuaciones? Bien, pero ¿cuando han importado en una película de aventuras? Todos los actores cumplen su función (que sus actuaciones resulten creíbles) sin ningún alarde histriónico, principalmente porque el filme no lo requiere y Spielberg lo sabe muy bien. Quizás la excepción es Mark Rylance que realiza una muy emotiva interpretación de James Halliday.

Más llamativo es que tanto Spielberg como Cline y Penn parecen atreverse a dar su opinión en el debate entre narratología y ludología de los videojuegos, cuando Parzival, ante la última prueba, se da cuenta de lo que Halliday quería: «No se trata de ganar, se trata de jugar». Todo un enaltecimiento de paidea frente a ludus.

Os dirán de todo, pero para mí, Ready Player One ha sido la más perfecta manera de terminar mis vacaciones de Semana Santa.

 

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