Ready Player One o bla, bla, bla…

Heterodoxia, anarquismo, independencia, incorrección política, cultura audiovisual, literatura, Ready Player One, Ernest Cline, Distopía, Videojuegos

Llevaba tiempo aplazando la lectura de Ready Player One de Ernest Cline. Me echaba para atrás su etiqueta de Best Seller que el mismo día de su publicación ya había vendido los derechos a Spielberg para hacer la correspondiente contrapartida cinematográfica. Hay Best Sellers muy buenos, literarios (se me ocurrre La carretera de Cormac McCarthy) pero la fama de Ready Player One me enviaba un tufo a Crepúsculo enfocado a los melancólicos de la Edad de Oro de los videojuegos y toda la cultura geek. Y no me equivoqué… pero también la novela de Cline tiene algunas virtudes.

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Lo primero que debe ser señalado de Ready Player One es que es una novela escrita por un apasionado de los videojuegos para apasionados de los videojuegos. Y cuando digo apasionado digo gamer, no quien juega a Candy Crush o Los Sims o quien en los ochenta se echó alguna partida al Tetris o a Street Fighter. Esto, obviamente, condiciona su enfoque comercial, que no su valor como obra literaria. Si el nombre de Nolan Bushnell te suena a suajili, olvídate, Ready Player One no despertará en ti ningún interés.

Pero si como lo son para mí, para ti los videojuegos son más que un mero entretenimiento, la disfrutarás, en buena parte… Este es un punto fuerte de Ready Player One, su incalculable atractivo para los gamers, pero también su peor vicio, porque Ernest Cline, durante la mayor parte de la novela lo único que hace es describir: describir videojuegos antiguos, series ochenteras, películas o juegos de rol, aplicándolo a la historia que narra. Pero la descripción no es narración, y una novela no puede ser solo el manual del perfecto geek.

Suelo subrayar las frases o los pasajes con más poder literario de los libros que leo, pero en Ready Player One no me he quedado con ninguna. Cuando no describe, Cline mete diálogos a cascoporro y sin filtro, la mayoría demasiado insulsos y llenos de lugares comunes y de clichés literarios. Eso por no hablar de su prosa, raquítica, pobre y hasta infantil. Metáforas del tipo «rojo como un tomate» o expresiones como «la sangre me hervía» son lo más refinado que podréis encontrar; se olvida de cualquier recurso literario y apuesta por la historia, por la simple sucesión (descripción) de hechos, pero con una total falta de pulso o estilo.

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La pobreza literaria en parte queda sufragada (y es, realmente, lo único que te lleva a acabarla) por la portentosa imaginación de Ernest Cline al imaginar un mundo como el de Oasis, el videojuego virtual en el que transcurre Ready Player One, que sirve de trasfondo para una distopía que resulta floja, ya que pudiera haberse aprovechado mucho más si se describiera el mundo real, el que está fuera de Oasis, con mayor regularidad. Por lo menos a mí, ese mundo me resulta mucho más opresivo que el de Oasis, que al fin y al cabo se presenta como una especie de contrapartida utópica a la sociedad de las torres de caravanas donde vive Parzival, el protagonista. Un futuro controlado por una corporación en el que la palabra capitalismo solo aparece una vez y las cuestiones políticas y sociales pocas veces importan, mas allá de algún eructo progresista.

Con su planteamiento —un planteamiento enteramente comercial, destinado a ganar millones y no premios literarios—, Ernest Cline se ganó a los hombres de mediana edad con melancolía por los recreativos y a los chavales con complejo de friki, y ha conseguido la película. Pero aunque a mí me ha entretenido (porque soy muy gamer, muy geek) solo ha hecho eso. Si tuviera que destacar algo como obra literaria, sería precisamente que no lo es…

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