Reducir la pobreza… o eliminarla

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Reducir la pobreza… lo he pensado y me he acordado de una anécdota que me ocurrió en Nocturna 2015. Algún avispado de ONG al servicio del capital decidió que el festival de cine fantástico de Madrid era el lugar más adecuado para enviar a uno de sus trabajadores. Y allí se erigía, con gafas de montura gorda, cara de simpaticón y una coletilla que le caía por el hombro. También llevaba algún adorno jipiesco; aunque tal vez todo fuera únicamente su uniforme de trabajo. El caso es que me paró, le dije que no tenía dinero (realmente era así, de hecho había infringido la ley al usar el abono transporte de mi padre para coger el autobús y el metro, y para el festival estaba acreditado) ni tiempo (iba de sesión en sesión). El caso es que cuando salí de una tienda de chinos de comprar un refresco, ahí estaba el tipo, que me miró como poniéndose farruco, como si debiera prestarle atención y abonarme a su obra de caridad que quiere reducir la pobreza. Le ignoré. Lo revelador vino después, cuando me volvía a casa en metro. Compartí vagón con el mismo mameluco, y cuando entró una mujer (no recuerdo si anciana o rumana o las dos cosas) pidiendo algo de dinero, ¿a que no sabéis quién no le hizo ni caso y le dio la espalda como si se tratase de un enfermo de ébola? ¡Exacto: el gafapasta solidario!

Y todo esto viene a cuento de si hay que reducir la pobreza o eliminarla. La ONG para la que trabajaba el cuatro ojos, así como el capitalismo, optan por la primera opción: reducir la pobreza, no eliminarla; es decir, por la caridad. La caridad en sí no tiene nada de malo (yo mismo, siempre que se me acerca un yonqui o una persona mayor a pedir me voy con él a una tienda o un fast food y le compro comida); el problema es entenderla como la manera de acabar con la pobreza. Más bien lo que hay que preguntarse es si el capitalismo y los capitalistas (y estos no son tres compadres que montan una empresa de reformas) quieren acabar con la pobreza.

No dudo de que hay capitalistas a los que la pobreza cabrea el corazón, y sé que muchos donan gran cantidad de dinero a fundaciones y organizaciones para paliarla (o sea: reducir la pobreza). Es cierto, mentiría si no lo reconociese. Pero la caridad no acaba con la pobreza, la reduce, únicamente. De manera que habría que plantearlo así: ¿si al capitalismo le preocupa la pobreza por qué en vez de salvar a algunos afortunados —ya que son conscientes de que no pueden poner parches en todos los agujeros de miseria del planeta— directamente deja de aprovecharse de las precarias (por decir algo) legislaciones laborales de los países en vías de desarrollo y paga a los trabajadores de la India, verbigracia, lo correspondiente a lo que cobra una misma persona en Estados Unidos, España o Suecia? En otras palabras: ¿por qué en vez de curar heridas no deja de inflingirlas?

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Yo os lo digo: no puede; actuaría contra natura. El alma del capitalismo es la acumulación de riqueza (eso y no otra cosa es el capital), y si a las mujeres o los niños que fabrican la ropa de Bershka o de Cortefiel en Bangladesh les pagara 800 € (sueldazo, eh) mensuales, dejaría de acumular excedente financiero con el que poder invertir en otros negocios y seguir aumentando su capital. Creando (o negociando con) empresas que expriman a la humanidad como si fuera una naranja con la que hacerse un zumo es como tratan de crear riqueza y combatir la pobreza todos los capitalistas (liberales, conservadores, anarcocapitalistas…). Por eso se limpia la conciencia creando unas ONG como para la que trabajaba el gafunis buenrollista que me quiso intimidar moralmente en el festival de cine. Reducir la pobreza, nada más…

Ese chaval de tan aparentemente noble proceder, no poseía, por contra, ninguna intención de cambiar el sistema político, legislativo y económico para que el Primer Mundo no pueda aprovecharse, como lo viene haciendo desde el principio de la historia moderna (del imperialismo colonial a la globalización pasando por el neocolonialismo liberal) de los países pobres, a los que precisamente ese Primer Mundo convirtió en pobres. Quería reducir la pobreza (ay, qué bien suena), pero no eliminarla.

Es precisamente eso lo que se hace en los países que se definen como socialistas, donde eliminar la pobreza es (junto a la alfabetización y el desarrollo de una sanidad pública) el objetivo principal. Así sucede en la República de Cuba, donde si bien me horroriza el sistema de partido único leninista, no puede dejar de maravillarme que se encuentre en la lista de los países con el índice de desarrollo humano más alto del planeta: el puesto de Cuba es el 44, el de España el 27, el de la India (a quien los capitalistas aducen como ejemplo de milagro económico) el 135. Otro ejemplo: antes de la disolución de la Unión Soviética en Rusia había 2,2 millones de pobres; para cuando Yeltsin había impuesto las reformas neoliberales que le exigían el Banco Mundial y el FMI —bombardeando, para ello, la duma— en Rusia ya había 74,2 millones de pobres. Aquello es reducir  de facto la pobreza, y esto último, aumentarla.

Mis intenciones eran claras: señalar la perfidia capitalista, que, realmente, no desea eliminar la miseria, ya que va en contra de sus intereses, aunque la conciencia lleve a algunos (sinceramente) a tratar de reducir la pobreza. Eso no me hace comunista, que dicho sea de paso, no lo soy, pero es justo reconocer cuando una filosofía política tiene inspiración humanista y cuando no. Otro día, si queréis, hablamos del partido único (cuando lo hay, que ni en Venezuela ni en el Chile de Allende lo hubo) y del asco que me da. O también de lo estúpida que me parece la democracia. Ni comunista ni socialista, pero siempre anticapitalista.

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