Silencio: el mutismo de Scorsese

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Llevo mucho sin escribir por el blog por cuestiones laborales. Pero solo por eso, no vayáis a pensar que no estoy viendo cine, jugando a videojuegos, leyendo libros o degustando series. De hecho, estoy haciéndolo en una proporción mucho mayor a otros periodos en los que he escrito más por la bitácora. Últimamente hasta voy dos veces por semana al cine. Por ello, me ha costado un poco elegir sobre qué película escribir. Por mis ojos han pasado PassengersMúltiple, Underworld; Guerras de Sangre, Figuras ocultas, Contratiempo, y otras tantas que he visto en mi casa (Cien años de perdón, Taxi Teherán, Baskin) o revisionado (El cortador de césped), pero me he decidido por Silencio, la última obra de Martin Scorsese. Y lo he hecho, básicamente, por joder, ¿o esperabais que no fuera a ver una película por rezumar aroma a religión?

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Porque de eso trata Silencio: de religión. Y no ha de extrañar que el director de Uno de los nuestros o El lobo de Wall Street tire por esos derroteros, ya que no es la primera vez que lo hace. Ahí está si no, La última tentación de Cristo, su visión particular sobre los días finales de Jesucristo que levantó no pocas polémicas. Con Silencio, sin embargo, Scorsese se ha propuesto no solo homenajear a los misioneros católicos de Japón y su martirio, sino proponer también un escrupuloso y asfixiante tratado sobre la fe. Lejos de utilizar el recurso fácil y al alcance del exotismo japonés o de la aventura, Scorsese ha optado por una visión sombría, tan muda como sorda, en la que el título de la cinta se revela como una auténtica metonimia.

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Así, en Silencio nos vemos rodeados por una carga abrumadora de callantío, como si transcurriera en un único conticinio; ni una nota musical. Tan solo efectos de sonido desperdigados que conviven con diálogos que gritan el sentido hondo del filme y se sitúan en posiciones estratégicas para recrear con crudeza el acorralamiento histórico que sufrió el cristianismo en Japón. Scorsese huye del debate en torno a la conveniencia o moralidad del proselitismo, o de si era acertada o no la presencia de aquellos misioneros en el país nipón. Lo olvida, y se centra bien entrada la primera hora en la elasticidad que puede aguantar la fe de una persona con profundas convicciones religiosas, tantas como las de un cura. ¿Hasta cuándo y dónde será capaz de soportar mientras el dolor y la miseria son resultado de su fe?

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Como en cualquier película de Scorsese, asistimos a un despliegue de potencia visual arrebatador: las imágenes hablan por sí solas, muchas veces sin necesidad de diálogo alguno. Invocan también cierta pretensión de convertir el dilema moral en universal, aunque la idea no termina por funcionar del todo. Eso sí, asistes entre la perplejidad y el voto de confianza a sus dos horas y media de metraje. La digestión viene después. No cuando sales de la sala, momento en el que es probable que expreses con tibieza tu parecido sobre la cinta (a ti mismo o a tu acompañante), sino dos o tres días después, o incluso una semana. Será entonces cuando te des cuenta de que Silencio es una película que merece la pena ver, porque ha calado en ti sin que se lo permitieses. Tal vez no mucho, pero sí lo suficiente…

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