Te doy mis ojos o por qué tu negación me da asco

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Este lunes tenía mucho donde elegir para comentaros una peli del domingo. Fui al cine el viernes y el sábado, el primer día a ver Nunca digas su nombre, y el segundo Guardianes de la Galaxia Vol. 2. Nunca digas su nombre huele a caca desde la sinopsis, pero mi acompañante insistió en verla, para después darme toda la razón en mis predicciones. Y Guardianes de la galaxia Vol. 2 vuelve a demostrar otra vez porque es una de las mejores operas galácticas que existen en la actualidad, junto a The Expanse y, claro, Star Wars.

Pero en vez de escribir sobre alguna de estas dos, me he decidido a hacerlo sobre una cinta que vi el domingo anterior, el 30 de mayo. Una que no había visto, pese a contar más de catorce años desde su estreno y que consagró a Luis Tosar como uno de los mejores actores del cine español: Te doy mis ojos de Icíar Bollaín. Cuando terminé de verla, me pregunté porque la había dejado pasar en tantas ocasiones… Es cine con mayúsculas.

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Te doy mis ojos debería ser de visionado obligatorio en las clases de ética de secundaria, y el mejor remedio para la incultura y el analfabetismo de aquellos que, y el género masculino es adrede, se empeñan en negar que en España exista un problema de machismo o de violencia de género.

El despliegue de sus excelencias narrativas va de principio a fin, comenzando con una escena que por consabida se torna en un grito mudo de desesperación. Y terminando con un final que hace de los personajes secundarios algo más que una mera comparsa en torno a los protagonistas: ellas se convierten en un agente de sublevación ante el patriarcado, más que unos planos y unos diálogos actúan como un único cuerpo orgánico que conduce a la protagonista hacia la salida del túnel pesadillesco que sufre.

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Uno de los aciertos de Te doy mis ojos es intentar una aproximación a la violencia patriarcal exenta de prejuicios. Trata de comprender al otro, sus motivos, sus emociones, alejándose de la demonización pero transmitiendo la conclusión final de que aún existen hombres en España para los que la subyugación de la mujer a sus intereses, prioridades y debilidades es un mandamiento incuestionable. Y ante eso, solo cabe una opción: rebelarse, abandonar esa situación de angustia existencial y amenaza física.

El lenguage de Icíar Bollaín es inquietantemente sobrio para un tema tan sensible. La oscuridad y lo sombrío del peligro convive con momentos de esperanza, reflejados en planos cortos, panorámicos o en movimientos de luz natural con la majestuosidad de Toledo de fondo. La tautológica mezcla de costumbrismo y realismo de Te doy mis ojos es, sin duda, su gran baza gramatical, una que convive con fotografías que por momentos evocan el mismísimo infierno: mirad si no la fotografía que da imagen al cartel en el momento en que ocurre en la película. Todo ello refuerza estéticamente un guion que por sencillo no deja de resultar tan robusto como estremecedor.

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Y después están los actores y las actrices. Laia Marull y Luis Tosar. Y los secundarios, porque ninguno sobra, casi me atrevería a decir que hasta ni los figurantes. Las compañeras de trabajo de la maltratada ya he comentado que adquieren una relevancia orgánica en Te doy mis ojos, pero el tándem que forman Marull y Tosar es uno que será recordado por mucho tiempo. Una encarna como pocas la indefensión, el miedo, el abandono y el autoengaño; mientras que el otro acomete una tarea interpretativa demoledora, creíble, tan sensible como aterradora: la de un hombre que sabe que es un maltratador y trata de comprender por qué, para, finalmente, evadirse de la responsabilidad moral y ética aceptando un determinismo cultural del que ni siquiera es consciente.

El tiempo que he pasado sin ver Te doy mis ojos me avergüenza tanto como ser compatriota de cuñados conspiracionistas que afirman sin tapujos que la violencia de género es un invento de las feministas. Ver para creer…

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