Teatro Grottesco y la unicidad de Ligotti

No es la primera vez que alabo el trabajo de Valdemar. Y no soy el único que siente un placer rayano con el fetichismo con sus libros, especialmente con la colección Gótica. Gracias a ella (a Valdemar y a Gótica) conocí uno de los autores más idiosincrásicos que existen en la literatura de terror. Habrás escuchado que lo dicen de muchos, pero Thomas Ligotti es verdaderamente único, y Teatro Grotesco (la última obra del autor que ha publicado en formato de lujo Valdemar), como ya hizo Noctuario o La conspiración contra la especie humana lo vuelve a poner de manifiesto.

Teatro Grottesco, como el resto de obras de Ligotti, se olvida, desdeña, las características más mainstream de la literatura de terror: no hay chorros de sangre, amputaciones, demonios, fantasmas… aunque sí oscuridad, tenebrosidad, inquietud. La experiencia es completamente distinta a la que te pueda reportar cualquiera otro escritor, ni siquiera la influencia de Lovecraft o Poe es directa, sino más bien técnica, aunque lo cósmico y lo ignoto (muestras de influencia lovecraftiana) inundan los relatos de Teatro Grottesco.

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La angustia de la propia existencia y, sobre todo (esta me parece la característica más evidente de Ligotti), el terror que produce la sociedad en el individuo cobran todo el protagonismo en los relatos de Teatro Grottesco. En algunos más que otros, cierto. «Pureza», por ejemplo, se mueve en ambientes más tradicionales, aunque para nada estereotipados, y Ligotti a base de imágenes cargadas de olvido y degeneración (esas casas y barrios abandonados que pueblan sus historias) nos muestra por qué, a veces, la familia puede ser nuestra peor enemiga.

Como otras obras de Ligotti, Teatro Grottesco se estructura en varias partes que, a su vez, contienen varios relatos. Partes con un nombre que sirve como hilo conductor a la literatura de terror filosófica que se nos narra. En este caso, Enajenaciones, Deformaciones y Los dañados y los enfermos. En cualquiera de ellas, los personajes de Ligotti (o él mismo) se muestran tan hastiados como incómodos ante un mundo que parece carecer de significado, y que resulta cobrarlo ante la aparición de sucesos difícilmente explicables desde la lógica y la razón, a pesar de que las cavilaciones físicas y metafísicas, y un cierto aura cientifista, traten de mantenerse firmes en el pensamiento de los protagonistas, como en el espeluznante y burlón, «La marioneta payaso».

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Otro aspecto de Ligotti, que a mucha gente se le suele pasar, pero que en Teatro Grottesco es respirable en relatos como «La torre roja», «Mi defensa de una acción punitiva» o «Nuestro supervisor provisional» es el pavor que produce la sociedad industrial y el trabajo asalariado, un pavor que se manifiesta en formas amorfas de terror, en obsesiones, en querer dejar un trabajo que normalmente te asquea y terminar por ver que te es imposible hacerlo: «nada en este mundo es insoportable… nada»; una fatal conclusión que se torna asfixiante aceptación de la realidad. Una característica que vendría a reflejar la autodefinición política de Ligotti como socialista, algo que podría chocar a algunos dado su declarado nihilismo y pesimismo, pero que concuerda con la historia (pasada y presente) de la ciudad que le vio nacer: Detroit.

En fin, Teatro Grottesco, si no conocíais ya a Ligotti, es la excusa perfecta para hacerlo, y si ya eráis seguidores del de Detroit no esperéis a que nadie os lo cuente.

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