Transcrepuscular: todos los Buesos y todos sus mundos

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Las novelas de espada y brujería no son lo mío. De hecho, Transcrepuscular es lo más parecido a una que he leído por primera vez, exceptuando algunos relatos de Robert E. Howard. No me van los tajos y los hechizos, pero sí el biopunk y, sobre todo, Emilio Bueso. De ahí que no vacilara en hacerme con un ejemplar de su última novela: Transcrepuscular, primera entrega de la trilogía Los ojos bizcos del sol.

El cuento de Bueso «El hombre revenido» constituía, hasta ahora, el único acercamiento del castellonense a un ambiente medieval de fantasía, aunque su atmósfera era más propia del terror. Me sorprendió, por ello, que se lanzara a la titánica tarea de escribir una trilogía que partiera de una premisa de ambientación similar. Parecía nuevo para él. Pero en realidad, Transcrepuscular no representa ningún tipo de evolución en la obra de Emilio Bueso, sino más bien la pasmosa facilidad que posee para crear universos literarios, capacidad que se apoya en una grandiosa imaginación. Bueso no ha variado su prosa, y su verbo sigue resultando tan áspero y afilado como en el resto de su obra.

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Así, en Transcrepuscular nos encontramos con un mundo bastante jodido; uno en el que una mitad es un secarral en el que te achicharras y el otro un vacío de oscuridad helada. Y todo porque el eje del planeta (¿nuestro planeta?) no gira. En medio, existe la única zona del planeta cómodamente habitable, el círculo transcrepuscular, donde el día y la noche son meros reflejos de lo que son para nosotros. Pero lo jodido de este planeta no es solo eso: ojalá.

Además de lo señalado, la biología y la ecología de Transcrepuscular es bastante aberrante desde una perspectiva antropocentrista: las especies animales que se comen, que ayudan en la agricultura o que sirven de cabalgadura no son mamíferos, sino invertebrados de tamaño y fiereza descomunal (avispas, escarabajos, moluscos, orugas…). La gente, asimismo, come, se coloca o se alumbra con hongos pequeños y gigantes de distintas clases. Y, por si fuera poco, las personas utilizan a muchos moluscos de mascotas o simbiontes; algunos simplemente para que les avisen de peligros, otros se los insertan en el cerebro, desatando una selección natural que ni Dios sabe cómo acabará.

El worldbuilding creado por Bueso en Transcrepuscular es, en una sola y grosera palabra, acojonante. En este aspecto, leyendo Transcrepuscular he sentido lo que solo pocos autores, como Stanislaw Lem, me han hecho sentir: que al cerrar los ojos al irme a dormir esos mundos, esos universos, se recrearan en mi pensamiento y me ayudaran a conciliar el sueño, escapando de una realidad que, por conocida, me resulta en ocasiones indigerible. Otras influencias más medidas son las de, por ejemplo, Thomas Ligotti, o al menos así me la ha parecido a mí la aparición de un personaje tan extraño y siniestro como Trapo/Marioneta/Miyamoto.

Bueso sigue desplegando su prosa elíptica y de sintaxis alterada, así como sus dejes de realismo sucio, lo que sin duda, enrarece (y con ello quiero decir que engrandece) la lectura de Transcrepuscular; lo que no es óbice para la ausencia de expresiones más poéticas («Soy una rama que se resiste a caer») o imágenes más brutales: «La puta coloreada que había contratado el trapo, abierta en canal y ahorcada de un carámbano con sus propios intestinos». Se agradece también que aparezcan palabras o nombres aparentemente anacrónicos como burgués, Mao Zedong o Bruce Lee, porque aportan aún más excentricidad a la novela, cuando no misterio (¿en qué puto planeta estamos?).

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En lo meramente narrativo, en la acción, Transcrepuscular no se muestra tan transgresora como en otros aspectos. La cosa va de un robo y de recuperar lo que han birlado haciendo un viaje subrepticio al quinto coño, chochazo no exento de peligros incalculables. Algo muy similar a una road movie o a El señor de los Anillos. Hay batallas, suceden cosas inimaginables, muere gente o aparecen nuevos aliados durante el trasiego.

Pero no podemos olvidar que Transcrepuscular es la primera entrega de una trilogía, y que Emilio Bueso es muy dado a metértela por el culo cuando menos te lo esperas; justamente lo que sucede al final de la novela, una auténtica bomba de expectación que el castellonense parece haber detonado desde su casa, mientras ve la tele tranquilamente con su familia, para que te estallara en la puta cara y te quedaras pringado de curiosidad.

Por cierto, que quedan dos más para que concluya esta agradable locura que es Los ojos bizcos del sol

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