El triste silencio de la ficción y los sueños que nos roba la realidad

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Una sola palabra, Rosebud, que un moribundo multimillonario pronuncia un segundo antes de morir. Un periodista al que la incógnita le posee tanto que emprende una cruzada inquisitiva para averiguar qué o quién es Rosebud. Y ahí comienza una de las mejores películas que se han rodado jamás: Ciudadano Kane. Ahora pensad por un momento que sois un periodista, y os enteráis de que Amancio Ortega, antes de morir, ha dicho, «Lamatía» (neologismo que me invento al tuntún). ¿Moveríais Roma con Santiago para saber qué o quién es Lamatía?

Probablemente no. Teniendo en cuenta la precariedad que sufren los periodistas os veríais inclinados a redactar una noticia sobre un bebé que se cuela en la entrevista por Skype que están realizando a su padre gritando gugu-tata. Eso si no os toca escribir un post para un blog con algunos tips sobre belleza, dieta crudovegana, cómo recuperar a tu ex o cualquier otra memez de las que abundan en la era de Acuario.

Al fin y al cabo, hay que pagarse las facturas, la comida y las drogas, y no siempre optamos por seguir las indicaciones de un mapa encontrado en el ático de nuestra casa que nos guiará hasta el tesoro que un antiguo pirata escondió en el pueblo en que vivimos mientras nos metemos unos chutes de Ventolín para combatir el asma que sufrimos. El botín de Willy el Tuerto nos fascina durante las casi dos horas que dura Los Goonies, después lo que deseamos es comernos una galleta; o rascarnos el culo…

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Pero que no optemos por ello o que nos veamos inclinados a seguir la opción más racional, no quiere decir que la otra oferta no sea posible. Únicamente nos insertamos en la comodidad, como el mueble que acabas de comprar en Ikea y que vas a pasar unas horas montando antes de colocarlo en el salón de tu casa. Cosedad. Frialdad. Porque aunque lo escuchemos, el silencio de la ficción nos invita a limitarnos en nuestras aspiraciones: nos invita a soñar, sí, pero toda vez que termina la película, los sueños se esfuman, porque la realidad nos los roba.

Ahora me invento una situación. Imagina que caminas por la calle, como todos los días, de camino al trabajo. Una persona se te aproxima a preguntarte algo. Parece inofensivo, hasta te agrada su swag; qué demonios te resulta la mar de atractivo. Tú, que a lo mejor vas escuchando música, te quitas los cascos para atenderle. Y él o ella te pregunta si eres tú, es decir, sabe tu nombre. En un principio te asustas, luego respondes que sí. Quien sabe, a lo mejor se trata de una cámara oculta. Pero el desconocido te dice que no, y en su lugar te replica que si le acompañas vivirás el mejor de los futuros que te espera. Solo necesita que confíes…

Así podría comenzar una película, una novela o una serie con las que tanto disfrutas por las noches antes de acostarte para, al día siguiente, volver a poner en marcha el engranaje del bucle insatisfactorio que te han vendido como realidad. ¿Qué harías? Depende de la persona: darle un guantazo, salir corriendo o mandarle a la mierda.

Porque la ficción no sabe de hedonismo, no sabe de deseos, no le interesan los sueños, aunque te haga soñar: es solo un silencioso embauco bien canalizado por tus sentidos pero mal digerido por tu espíritu. ¿Y si de verdad tu felicidad estuviera en largarte con el desconocido, en sobreponerte a tus dudas, a tus miedos? Sé lo que estáis pensando: «Tío, sé realista». A lo que os contesto con una frase atemporal que mi difunto padre pronunciaba con bastante asiduidad y no menos educación: «Vamos, váyanse ustedes a la mierda».

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