Upstream Color: el rizo rizado de Carruth

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Creo que a casi todo el mundo que ha visto Primer le pasó como a mí: se quedó prendado por la forma en que Shane Carruth creó una ópera prima que, con un presupuesto de solo 7.000 dólares, es una de las mejores películas de ciencia ficción que se han hecho jamás. Él, que produjo, escribió, dirigió, compuso la banda sonora, se ocupó de la fotografía y actuó, se erigió como un cineasta de estilo único e independiente, capaz de comprimir en setenta y nueve minutos un gran cúmulo de complejidades humanas y científicas. Por eso me sorprendí, hace unos tres años, cuando declaró en una entrevista que su próximo filme sería una simple historia de amor. Claro, me olvidé de que cuando Shane Carruth dice simple no es lo mismo que cuando Michael Bay hace lo propio. Ayer vi Upstream Color, su última película, para recordarla y confirmar que Shane Carrruth, para bien o para mal, es uno de los nuevos adalides del cine independiente.

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En Upstream Color, Carruth vuelve a producir, escribir, dirigir, componer, fotografiar y actuar, y todo de un modo muy notable. Pensé que la simple historia de amor huiría de la ciencia ficción de su predecesora, pero, ay, ¡cuán equivocado estaba! Upstream Color comienza mostrándonos a un hombre que está criando unas larvas con las que intuimos ha descubierto una droga. La sospecha se confirma cuando utiliza una de esas larvas para secuestrar a una mujer, a la que la droga creada con la larva deja sin memoria y sin voluntad; el hombre aprovecha entonces para robarle todo lo que posee, y para aumentar su poder sobre ella la obliga a copiar a mano capítulos enteros de Walden de Henry David Thoreau. Hecho esto, la mujer es dejada en manos de otro hombre, un criador de cerdos, que extrae la larva de la mujer y la introduce en un cerdo. A partir de este momento, Kris, que así se llama la fémina, es liberada, solo para comprobar que ha perdido todo lo que poseía: dinero, trabajo, casa… Ha de empezar su vida de nuevo y tiene la suerte de encontrar trabajo en una tienda y, por casualidad, conoce a Jeff en el tren. Pronto nos damos cuenta de que Jeff también ha caído en las manos del ladrón y del criador de cerdos, y que entre ambos se ha establecido una relación psíquica especial con sus respectivos cerdos… Simple, ¿verdad? Este es el principio de Upstream Color.

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Lo central de Upstream Color es el enganche, un eslabón mental inquebrantable, que se establece entre los humanos, la larva y los cerdos; un organismo con un ciclo de vida tripartito. Alrededor de este simbólico protagonista, Carruth construye en Upstream Color toda la historia, lo que le permite una gran libertad para exponer y reflexionar acerca de una gran cantidad de matices sobre el amor y las relaciones personales. No os voy a engañar, casi durante toda la película estuve maldiciendo la creatividad de Carruth, dadas sus dotes para estimular la exasperación del espectador al extremar la premisa narrativa de mostrar en vez de explicar. Las escenas de Upstream Color pasan rapidísimo y cambian de plano y lugar frenéticamente, igual que los diálogos, sin apenas darte tiempo a detenerte en lo visto o escuchado. Así, a menos que quieras ver la cinta parándola cada tres minutos y analizando lo observado, solo te queda rendirte ante el hipnótico poder del lenguaje cinematográfico de Carruth, que abusa (casi inmoralmente) de un guion micronizado, de la candidez del espectador y de un lirismo audiovisual tan realista como onírico.

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A medida que Upstream Color avanza sigues despotricando sobre él, pero continúas sin poder despegar la vista de la pantalla y te vas volviendo más optimista respecto al resultado final, porque, poco a poco, comienzas a atar pequeños cabos y, sorprendentemente, a sentirte identificado con los personajes y con lo que, supones, te está contando. Lo principal, como es (o no) obvio, es el amor: una complejidad demasiado grande como para reducirla al matrimonio, al simple te quiero. Una realidad humana que en la mayoría de las ocasiones escapa al control de los implicados, de los enamorados, y que se ve influida por una serie de impredecibles agentes, tanto microscópicos como macroscópicos; que el amor solo es parte de un retorcido experimento es otra lectura. Lugar hay también para detenerse a pensar en las relaciones dependientes y enfermizas, entonces no te parece tan descabellada la metáfora de los cerdos, el parásito y los humanos. Tampoco puedes dejar de sentir una sobrecogedora lástima por los cerdos, ¿o es por los humanos? En fin, si en algo se caracterizan las películas de Carruth es en la libertad de interpretaciones que permiten, y Upstream Color no iba a ser menos.

El talento de Shane Carruth, su pasión por convertir el cine en filosofía (del amor, de la ciencia), en reflexión del ser, es innegable, y queda demostrado de nuevo en Upstream Color. Ha desarrollado un ojo cinematográfico excepcional y genuino. Pero no puedes desprenderte de la sensación de que lo podía haber contado de una forma menos críptica y, hasta cierto punto, elitista, porque Upstream Color (al igual que Primer) no es una película proclive a ser proyectada en televisión; de hacerlo, la prensa nos despertaría con la excéntrica noticia de que la mayoría de las personas habrían lanzado sus televisores por la ventana. No, de verdad, Upstream Color no es una película que la Vane fuera a entender, pero a lo mejor ni siquiera Manuel, el estudiante de informática. Las numerosas páginas en las que se explican punto por punto las películas de Carruth dan buena cuenta de ello. Como después de verla estoy seguro de que os quedarán algunos cabos sueltos, aquí tenéis una página donde se explica (casi) todo lo que aparece en ella.

Upstream Color hace que algunas películas de David Lynch parezcan El libro gordo de Petete. Al cine de Shane Carruth no lo amas o lo odias sino que lo amas y lo odias, como sucede en el amor.

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