Verónica: la niña bonita (e inquietadora) de Paco Plaza

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Cuando me enteré de que Paco Plaza estaba rodando una película, Verónica, basada en el Expediente Vallecas, no miento al decir que no sentí un entusiasmo sobrecogedor sino más bien cierta tibieza. Al fin y al cabo, las únicas piezas de su filmografía que me han estimulado han sido las de la saga Rec, y dentro de ellas, la que dirigió él solo, Rec 3: Génesis, fue la que menos me gustó (que no quiere decir que no me gustase); para el olvido queda aquella Romasanta: la caza de la bestia, que se perdió entre tanta ambientación decimonónica.

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Pese a todo, seguí todos los avances de Verónica que iban apareciendo; y lo que veía me gustaba cada vez más. Así que no dudé en ir a verla al cine el domingo pasado. Y fue un acierto, sin duda…

Verónica está dirigida con una batuta estratégica. Paco Plaza se ha centrado, se ha olvidado de los atavíos históricos sobreexplotados y de la comedia de terror y ha parido una obra de terror redonda. Tanto que por momentos adquiere aromas y tintes del mejor de los clásicos.

No hay una sobreexplotación del contexto histórico, pero este sí es palpable en Verónica, trasladándonos con cierta facilidad a finales del siglo pasado. En este sentido, solo (y es una opinión personal, no objetiva) me queda reprocharle la aparición musical de Héroes del Silencio. Y ya lo he dicho es una opinión personal, porque en el universo de la cinta encaja perfectamente: lo más seguro es que a una joven como la protagonista le gustara el grupo de Bunbury; a mí, por contra, se me hace bola en la garganta. Y ahí está todo el barrio de Vallecas acogiendo el desarrollo de la historia de manera magistral, de fondo, de atrezzo, silencioso pero presente.

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Son los dos primeros actos de Verónica los que más te atrapan, los que más huelen a clásico. La unión de imagen y sonido de algunas escenas evoca en tu mente momentos de El exorcista o La semilla del diablo, esos en los que el padre Karras camina solo por la calle cavilando sobre la existencia del mal con Mike Oldfield de fondo, o en los que Mia Farrow hace lo propio con la nana de Krzysztof Komeda atrapándola con su melodía. En este caso, Verónica, la protagonista, camina por las calles de Vallecas con el miedo en el cuerpo, pero de día, a ojos de todo el mundo, aterrada por lo que pueda haber sucedido. Y son estas escenas, como ocurría en El exorcista o La semilla del diablo, las que más temor y reflexión provocan. La fotografía crepuscular y las melodías afligidas consiguen inquietarte en el asiento.

El trabajo con la luz ha sido uno de los grandes aciertos de Paco Plaza, tanto cuando la hay como cuando no la hay. Es muy fácil utilizar la oscuridad para intentar meter algo de canguelo pero, para el bien de Verónica, lo que más acongoja ocurre de día, o de día pero entre sombras. Al menos durante los dos primeros actos.

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Con la llegada del tercer acto, el guion, que cuenta con la ventaja de basarse en un hecho real (¿debemos considerarlo un guion original?), se olvida un poco de su propia naturaleza y tira por caminos ya bastante conocidos en el género y muy bien aprovechados por Blumhouse Productions (en Insidious o Sinister, por ejemplo), lo que le resta algo de ritmo. El problema no son los recursos en sí (reflejos, voces infernales, situaciones de quitar el hipo) sino que el relato personalizado en Verónica y personificado por Verónica se difumina: esa individualidad que le otorgaba cierta idiosincrasia al principio, se va perdiendo, aunque no influya en el notable resultado global.

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En cualquier caso, Paco Plaza ha conseguido con Verónica firmar su mejor cinta hasta el momento. Ha mostrado el talento que posee en todos los aspectos cinematográficos, desde los más técnicos ya comentados hasta la dirección de actores y actrices, donde ha sacado lo mejor de todos y cada una de ellos. Desde la protagonista, Sandra Escacena, hasta la monja ciega y tétrica interpretada por Consuelo Trujillo, pasando por los niños Bruna González, Claudia Placer, Iván Chavero o el papel secundario de Ana Torrent, hay una palabra que los define a todos: credibilidad.

Verónica no es otra película de posesiones y casas encantadas. Quiere tener carácter propio y lo consigue, creando una historia sobrenatural castiza (simplemente genial la metáfora de las torrijas), y además está narrada con buen pulso. Pero su último acto provoca que te queda esa sensación de Esto ya me lo habían contado. Empero, es la mejor película de terror española del año, y tal vez del último lustro. Le auguro algún Goya.

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