Vida de un idiota: querencia hacia la muerte

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Tengo la sana manía de mirarme los catálogos de las editoriales en busca de autores que desconocía. Y si es el de una editorial tan especial como Satori, cuya misión es traernos al castellano la literatura de Japón y todo lo que con el país de los samuráis y el anime proceda, con más razón.  A veces simplemente es fruto de la casualidad, pero en otras obedece únicamente al título. En ocasiones acierto y en otras no. Y esta última opción no ha sido el caso de Vida de un idiota y otras confesiones de Akutagawa Ryunosuke.

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Vida de un idiota y otras confesiones no es una obra de acción. No hay abismo de velocidad, y la recorre un obsesivo cariz contemplativo. Radicalmente autobiográfica, nos transmite sin cortapisas la personalidad del autor, Akutagawa Ryunosuke, una de las grandes figuras literarias de Japón que, no vacilo en admitirlo, me era totalmente desconocida antes de leer esta antología de relatos. Sus obsesiones (especialmente con la muerte, con el suicidio), sus pocas alegrías, los matices de su experiencia e interacción con la sociedad que le rodea, su habitus literario… Todo se reúne en sus casi doscientas páginas, en las cuales, como ya se ha indicado, el gran miedo es la vida en sí misma, la rutina de despertar, caminar, ver, sentir, pensar…

No hay trama en los cuentos que pueblan Vida de un idiota y otras confesiones, casi me atrevería a decir que ni personajes, salvo el mismo Akutagawa; el resto es atrezzo, y los seres humanos se colocan en una simetría existencial como la de unas mandarinas, adquiriendo estas y aquellos el mismo significado, casi siempre de un modo cósmicamente revelador. Un simple detalle hace que se desenvuelva una narración, una lección, una idea que se apodera de Akutagawa hasta destrozarle anímicamente, algo que transmite de un manera ciertamente inquietante.

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Aburrirá a lectores ávidos de aventuras y de diálogos. He de reconocer que, al principio, cuando comencé a leer me dije a mí mismo: «Joder, ¿va a pasar algo de una maldita vez?», pero antes de que quisiera darme cuenta me percaté de que ya estaba pasando: lo que ocurría era el mismo Akutagawa, o, en otras palabras, una poderosa visión literaria de la vida, de su vida, donde esta no es más que una ficción más; como un personaje que el narrador puede decidir matar. En Vida de un idiota y otras confesiones se circunscribe un estilo cargado de trascendencia, culpable de que se te revele como de interés un simple viaje en tren, un paseo por la ciudad o un baño en la orilla del Pacífico.

El anhelo de Akutagawa por morir conmueve, pero no deprime, en Vida de un idiota y otras confesiones. Esa preocupación es el leitmotiv narrativo del texto, y como si fuera un personaje lucha por resolver su conflicto, por conseguir lo que quiere. El súmmum se produce en los dos últimos relatos: «Vida de un idiota» y «Nota enviada a un viejo amigo». El primero es una sucesión de microrrelatos en los que Akutagawa describe con metafórico realismo los hitos de su vida. Y el último —ay, el último— es un lúcido testimonio de alguien que no quiere vivir, no por ello menos aterrador, y las disquisiciones al respecto:

Lo primero que pensé fue cómo podría morir sin sufrimiento. El suicidio por ahorcamiento es el procedimiento más adecuado en este caso. Pero imaginarme la figura de mí mismo muriendo ahorcado me produjo una repugnancia estética. No me importa que me tachen de esteta […] Morir atropellado también, más que cualquier otro final, no podría evitar hacerme sentir una repugnancia estética

Un ansia de suicidio que está intensamente preocupado en el sentido estético del mismo. Esa es la genialidad de Akutagawa que irradia Vida de un idiota y otras confesiones. Y claro, y esto no puede considerarse un spoiler, al final eligió una manera acorde con sus inquietudes para suicidarse. Volveré a leer a Akutagawa. Eso seguro.

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