Workingman’s Death: trabajar para morir

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«El trabajo es perjudicial para la salud. Es más, el trabajo es asesinato en masa o genocidio. Directa o indirectamente, el trabajo matará a la mayoría de las personas que lean estas palabras», afirma Bob Black en La abolición del trabajo (1986). «Es necesario prohibir el trabajo, no imponerlo» había sentenciado ya Paul Lafargue en El derecho a la pereza (1880), quien también decía «Para el español, en el que el animal primitivo no está aún atrofiado, el trabajo es la peor de las esclavitudes»; y yo, como español, les doy la razón a los dos: soy abolicionista en cuanto al trabajo asalariado se refiere. Y Workingman’s Death también.

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Michael Glawogger piensa tres cuartos de lo mismo, y así lo demostró en su documental de 2005, Workingman’s Death («La muerte del trabajador»), que nos ofrece una visión del trabajo como tortura desde cinco desempeños laborales diferentes en cinco partes distintas del planeta: Ucrania, Indonesia, Nigeria, Pakistán y China. En pleno siglo XXI. Mineros del carbón que trabajan arrastrándose por el suelo en grutas de un metro de alto; mineros de azufre que cargan a sus espaldas entre setenta y cien kilos del amarillo no metal en lo alto de un volcán para descender a pie hasta la ladera; despedazadores de barcos que, soplete en mano y muchas veces sin casco y descalzos, reducen un buque a un millón de piezas a ochenta metros de altura… La mayoría de ellos no sacarán ni diez euros por una jornada que suele durar casi todo el día. Se supone que a los occidentales esto nos debe de hacer estar contentos con nuestro sistema: ¡Gracias, CEOE, por permitirnos tener derechos laborales y seguridad e higiene en el trabajo!

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Pero Workingman’s Death cuando lo piensa detenidamente se da cuenta de que la diferencia (aunque abismal) es solo de grado, cuantitativa y no cualitativa. Claro que me agrada no tener que jugarme la vida por cuatro perras mal pagadas, pero no es menos cierto que aquí, en la tierra de la libertad y la democracia, conozco a personas (muy cercanas, cercanas, de oídas o por su indiscreto testimonio a pie de estación) que sufren no ya tanto una adicción patológica y enfermiza al trabajo como una absurda veneración de la laboriosidad y cierta dependencia social hacia su profesión. Curiosamente la misma que muestran los protagonistas de Workingman’s Death, quienes no dejan de dar gracias a Dios, o a quien sea, de poder realizar una actividad que les permita llenarse el gaznate, sobrevivir o, simplemente, consumir, gastar… aunque sea pagando por hacerte una foto con el AK-47 de un soldado. Esa metamorfosis posmoderna de la laboriosidad que muestra Workingman’s Death en uno de nuestros mejores amigos, el trabajo (que nos ayuda a superar momentos difíciles, por ejemplo) hunde sus raíces en la época en la que en Europa o en América estaba tan de moda eso de tratar a la clase trabajadora como mercancía; esa en la que los grandes capitalistas hicieron a nuestros bisabuelos o tatarabuelos sentirse afortunados de ganarse un jornal. Esa que se muestra en el Workingman’s Death y que aún sigue existiendo…

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Porque sí. En otras partes del mundo lo pasan mucho peor en esto de currar, como bien se esfuerza en mostrarnos Michael Glawogger en Workingman’s Death con guión pero sin narrador, sin entrevistador, donde son los propios trabajadores quienes cuentan su experiencia y componen la historia. Trabajadores que entre kilometrada y kilometrada de la cima del volcán a la ladera conversan sobre música, y lo mucho que les gusta Bon Jovi o Scorpions, aunque uno de ellos no tenga ni pajolera idea de que lo que le habla el otro. Un documental, Workingman’s Death, sin apenas sonidos ajenos a la propia realidad laboral, cuyos efectos sonoros son, en un caso muy concreto, poco menos que hórridos. Un documental con una fotografía cruda, decadente, opresiva y misteriosa, donde la denuncia se mimetiza con la resignación. Un documental con un montaje poco innovador pero que alcanza una elocuencia audiovisual y una estética que te inyectan la inquietud en el coco.

En fin: «El trabajo os hará libres» (Arbeit macht frei) que decían en Auschwitz, Dachau y otros campos de trabajo del Tercer Reich…

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