Zoolander 2 o la tontería del culo

Zoolander 2 o tamaña pérdida de tiempo. He de decir que la primera entrega de Zoolander me gustó. Bueno, vamos a matizar: ni es una película buena desde un punto de vista artístico, ni mucho menos es profunda, ni hay seriedad interpretativa más allá de hacer el ganso, ni cualquier cosa que se pueda buscar en una buena película. Pero fuera de esto, Zoolander me divirtió, me pareció que en cosas técnicas superaba la mediocridad y que era una muy buena parodia a la obsesión por la moda y a su mundo. Y que entretenía y te hacía reír, sobre todo si, como yo, en esos tiempos, fumabas porros…

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Pero Zoolander 2 no consigue llegar a ese aprobado alto de la primera entrega. Principalmente porque Zoolander 2 vive de ella. No aporta nada nuevo e intenta inventar un argumento que descojone, cuando en realidad lo convierte en un pésimo ejercicio de cine y de ocio. Bueno, sí, Zoolander 2 puede arrancarte algún suspiro de risa, pero poco más. Lo mejor de ella está concentrado en el tráiler. Ben Stiller ha desaprovechado la ocasión de legar al cine una marca recordable, una única entrega que podría ser una pieza retro dentro de unos lustros, en los que se rescataría con cariño, y nos ha dado un bodrio audiovisual.

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Zoolander 2 aburre, aunque a veces sonrías. Deseas que acabe, y puede llegar a convertirse en un pequeño suplicio, a pesar de las referencias constantes en forma de gag a la obsesión 2.0 que vivimos en la actualidad. No te hace conectar, no resulta no ya creíble (menuda odisea sería), si no por lo menos soportable. Muy lejos del universo de estupidez que tan llamativo resultaba en su primera parte, Zoolander 2 vive en una pausa constante de satisfacción del entretenimiento: una rémora para tu ansia por combatir el mismo. Y no lo solucionan ni tres porros seguidos; ni siquiera una buena dosis de gas hilarante.

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Zoolander 2 es mala en la inmensa mayoría de los sentidos, salvándose únicamente el buen hacer técnico (sonido, montaje, efectos especiales, aunque en estos deja también mucho que desear), cosa que no da para mucho si lo que tienes delante no consigue que permanezcas atento a la próxima estupidez que Derek Zoolander o Hansel van a soltar, y que es lo que hacía gracia en la primera entrega. Ni siquiera las actuaciones de Ben Stiller y Owen Wilson, que tampoco es que sean unos artistas, pero lo que saben hacer lo suelen hacer bien, funcionan. Apunte: el papel de Penélope Cruz lo podría haber realizado cualquier vendedora de bragas del mercadillo de mi pueblo y no se hubiese notado la diferencia. Benedict Cumberbatcht es el único que se salva en cuanto a actuaciones se refiere: sus 5 minutos eclipsan todo lo demás…

Zoolander 2 se empeña fotograma a fotograma, escena tras escena, en liquidar lo poco que alguna vez Zoolander tuvo de original y de risible, y lo más desconcertante es que parece buscarlo a conciencia. Por mucho que El Hormiguero la promocionara, con sus tres protagonistas presentes, es una obra cuyas copias deberían acabar enterradas en un desierto de Nuevo México, como las copias del videojuego de ET de Atari. Tiene algo positivo: ponla si lo que quieres es perder el tiempo.

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